Estoy en el cuarto blanco. De nuevo. Cada vez que aparezco en el cuarto blanco, me planteo si alguna vez llegué a salir de él. Pestañeo. No veo nada. La oscuridad es completa.
—¿Dónde estoy?
Es una pregunta retórica. Sé muy bien que chapoteo en el centro de uno de mis estilemas preferidos. Todo escritor tiene sus estilemas, que es una palabra muy gafapasta pero se refiere, única y exclusivamente, a los rasgos de estilo e imágenes que regresan siempre y nos persiguen. Montar en la noria. Enfrentarse al espejo; encontrar en él a tu peor enemigo. Unamuno y su muchacha en la ventana. Kafka en la bañera. Borges con sus tigres.
—Estás en un trastero —me contestan—. En el sótano que todos llevamos en un rincón del cerebro.
Conozco esa voz.
—¿Quién eres? —pregunto—. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
Se oye una calada. Carraspeo, pausa. Otro tiro de cigarro.
—Desde la Cuenta del Tiempo —responde.
—Ah. En ese caso, estamos aquí desde hace nada.
—¿Qué?
—Desde que pregunté.
—¿Desde que preguntaste qué?
—Cuánto tiempo llevamos aquí.
—Ya te lo he dicho, desde la Cuenta del...
—Olvídalo.
Estrecho los ojos. Intento distinguir algo. Nada. Negro.
—Creía que estaba en el cuarto blanco —medito—. Mi primera novela. Completamente psicótica e infantil: sobre la personalidad múltiple. Aquélla de los compartimentos de la cabeza que se retuercen en el cráneo entre jugos y descargas eléctricas. El cuarto blanco era el puente de mando. En principio, no había nada; poco a poco, se iba llenando con símbolos. Del cuarto negro, del cuarto azul, del cuarto rojo, salía un aspecto de ti mismo. Un desconocido que también eras tú. Se peleaban hasta la muerte. El que ganaba, dirigía tu vida. Esa imagen me obsesionó durante años. Las miles de personas que somos. Cómo luchamos contra nosotros mismos. Tiempo después, usé el cuarto blanco para hablar con mis personajes. Era el mejor escenario: neutro, vacío. Tengo muchas páginas técnicas que se desarrollan en el cuarto blanco. Invitaba a mis hijos de papel a entrar y a tomar asiento. Discutíamos sobre mis obras. Les preguntaba qué era lo que no funcionaba. Qué querían hacer. Algunos intentaban matarme. Yo era más rápido —suspiro—. Creía que estaba en el cuarto blanco.
—Lo estás. Es que no has encendido la luz.
Me suena esa voz, joder. Y no sé de qué. No la localizo.
Presiono un interruptor. Hay un parpadeo vacilante. Luz. Poca, diluida.
Paredes blancas, techo blanco, suelo blanco. Una bombilla viuda cuelga de un cable. Hay un colchón con los muelles fuera, un cenicero lleno de colillas y una papelera. Rueda, absurdamente, una pelota de goma de mis perros.
Hace unos años, el cuarto blanco era el collage de mi casa; contenía todos sus chismes, apretaditos. Y era, también, el collage de mi vida. Estaba enlibrado de arriba abajo con todas las obras que me habían influido y marcado. Sonaba música. Había fotos de amigos y de la que era, esa semana, la mujer de mi vida. Había una silla y una mesa con mi primera máquina de escribir: la Olympia modelo Mónica. Estaría ya en un vertedero, pero en el cuarto blanco, seguía existiendo. Los tres ordenadores que he tenido y jubilado. Y todas mis carpetas de folios, de dibujos, de bocetos, de ideas sueltas. Todo lo que significaba algo para mí, estaba ahí.
Oigo a mi compañero de cuarto. Se pasea por la habitación vacía. Dice:
—Ya hay pocas cosas que te importen, ¿no?
Me giro. Claro que me sonaba esa voz.
Es la mía.
Tengo delante a un chaval de veintiocho años. Está apoyado contra la esquina y fuma tranquilamente con cierta pose calculada y medida. Una mano al mentón, como los escritores de las contracubiertas. Capullo, pienso. Sonríe de medio lado. Viste enteramente de negro, de negro limpio, crujiente y nuevo. Tiene una perilla perfectamente recortada; mucho tiempo pasado delante del espejo. Capullo, me repito.
Me sorprendo teniendo la primera fantasía homosexual de mi vida: me ruge por dentro el deseo de estallarle la cara a hostias, de agarrarlo del pelo, de ponerlo de rodillas, de meterle la polla hasta el fondo y romperle el culo en dos. Hasta que llore. Hasta que llore como una niña, hasta que pida perdón, mientras le grito: “¿Te gusta? ¿Te gusta, cabrón? ¿TE GUSTA? ¡¡PUES VETE ACOSTUMBRANDO!! ¿ME OYES? ¡ESTO ES TODO LO QUE VAS A CONSEGUIR EN LA VIDA!”.
Pero se me acerca. Me mira. Arruga el ceño. Se hace el silencio. Cortante, fino.
—Tienes entradas —sentencia, señalándome con un dedo.
Aprieto los dientes. Capullo. Capullo, joder. Sujetadme que lo mato, SUJETADME. Pero no hay nadie más en el cuarto. Y no quiero matarle; se produciría una paradoja temporal que destruiría todo el universo.
—Tu puta madre —contesto.
—También es la tuya —sonríe—. Bueno. Tampoco son muchas —se gira para verme la coronilla y suspira de alivio—. Pero deberías cuidarte un poco, ¿no crees? Pareces un puto yonqui. ¿Hace cuánto que no te afeitas? ¿Y que no te compras ropa? ¿Vas de negro o de gris lavado? Mírate. Esos pantalones que llevas... ¿no son los mismos que llevo yo?
Gótico de mierda, pienso. Jodido capullo superficial y egocéntrico. Presumido, subnormal. Pagado de sí mismo. Imbécil.
Pero él se pone repentinamente serio.
—¿Has publicado ya?
Bajo la vista. Ahora, soy incapaz de soportar su mirada. Los ojos relucientes de ansia. El “me has decepcionado. ¿Cuándo piensas cumplir mis sueños?”. Dios, cuánto le odio. Y cuánto, cuantísimo le envidio.
—No.
Se lame los labios. Intenta quitarle importancia con un aspaviento.
—Bueno. Aún hay tiempo. ¿Qué edad tienes?
—Treinta y dos.
Suelta un largo silbido.
—Ya no tanto, joder. ¿Qué coño has estado haciendo? ¿A qué te has dedicado? ¿Estás imbécil? ¡Nunca será tan fácil como a esta edad, hostia!
Se para. Me ha visto la expresión. Se queda congelado de pánico. Tartamudea. Le tiembla el cigarro de la mano.
—O-oye... Tú... ¿Escribes?
Le oigo pensar. Sé muy bien lo que se le pasa por la cabeza: Dime que sí, por favor. Dime que sí. Dímelo.
—Sí —murmuro—. Aún lo hago.
—¿Aún?
—Supongo que dejaré de hacerlo. No tiene sentido. Estoy muy cansado.
—¿Cansado?
Resoplo.
—Siéntate.
Chasco los dedos y se materializan una mesa y dos sillas. Al fin y al cabo, el cuarto blanco es mi reino y se amolda a mis deseos. Me saco de la manga una botella de whisky; nos va a hacer falta. Agarro el cenicero del suelo. Lo vacío en la papelera. Tuerzo el gesto. Me entran, de pronto, una inmensas ganas de llorar. Me muerdo el labio y extraigo de la basura, entre colillas, un libro de pasta blanda, cutre, falso, de imprenta bajo demanda. En la cubierta se ve la huella de una mano blanca con una pata de lobo. Lo pongo sobre la mesa entre una polvareda de ceniza.
—Politeísmos —dice él.
—Politeísmos —digo yo.
—Así que lo terminé —se le iluminan los ojos—. Es... ¿Es bueno?
—Lo es. Mucho. Y lo digo cuatro años después. Es el mejor libro de literatura juvenil que he leído en mi vida.
—¿Juvenil? —frunce el ceño.
—Juvenil, chaval. No es una obra maestra. ¿Qué creías? Pero es bueno. Atrapa. Engancha. Y te lo crees. Te puede cambiar la vida si lo lees con menos de veinte años. Tiene una furia, una garra y una autenticidad que hace que sus muchos defectos ni se vean.
—¿Defectos?
—Bueno. Tiene paja, ya sabes. Se pierde a ratos en las conversaciones. Y todos los personajes son muy gilipollas.
—El Álex no es gilipollas.
—El Álex es el mayor gilipollas que has escrito nunca. Enhorabuena.
Mi alter ego se traga la réplica. Sonríe.
—En eso consiste, ¿no? Si lo ves mejorable es porque has mejorado. No sabes cuánto me alegra ver que eres mejor que yo, que escribes mejor que yo. Pero —inclina la cabeza— me estoy rallando... Dices que no has publicado. ¿Y esto qué es? Es un libro. Tiene ISBN.
Lo corto en seco.
—Cierra la puta boca y atiende, niñato. Esto te va a doler de verdad, y quiero verte la cara; ya sabes que me va el sadomasoquismo. Así que mírame.
Tomo aire, y empiezo.
—¿Recuerdas la bitácora?
—Ayer la empecé. Es una tontería.
—Ajá. Bien. La historia más vieja siempre es nueva para alguien. Lo resumiré: la bitácora llegó a tener auténtica repercusión durante los dos años que estuvo en funcionamiento. Para ser una página personal de autor inédito, los resultados fueron bastante asombrosos. Conseguiste treinta mil enlaces; se dice pronto. Los lectores te sacudían a correos electrónicos. Los contestaste TODOS. Sin descanso. Recopilaste tres mil direcciones; hasta te hiciste un excel con ellas y con el número de veces que te escribían para averiguar cuántos de tus lectores eran fijos y no esporádicos. Calculaste que setecientos eran unos benditos pesados y que de verdad comprarían tu libro cuando estuviera en las tiendas. Todo esto, sin haber empezado la hipercampaña publicitaria viral que tenías pensada, y que nunca llevaste a cabo: lo lograste tan sólo escribiendo tus pajas mentales. Recibiste un par de rechazos de editoriales grandes que te hicieron bastante gracia y colgaste en la pared. Encontraste un contacto en una editorial de tamaño mediano. Una chica que dio la vida por tu puto libro. Que estuvo a punto de perder su curro por implicarse tanto. Que hizo todo lo que estuvo en su mano por que lo publicaran, porque creía en él. Pasó un año. Te metieron en catálogo. Te llamaron y te mostraron un contrato. Exigían que dejaras tu texto en ciento veinte páginas para que la edición fuera barata, ya que se arriesgaban a lanzar a un autor novel y un libro de cuatrocientas ochenta salía caro de cojones. Te pedían también que hicieras campaña personal de imagen en radio y televisión, porque estaban lanzando una nueva línea de autores jóvenes y querían venderlos como escritores-estrella y nueva generación, como la de Star Trek. Te negaste a cortar tu libro. Te negaste a jugar en primera división y a comerte los medios con patatas, porque te resultaba repugnante la promoción del autor como si fuera una estrella de cine. Te negaste. Punto. No firmaste. Con una enorme candidez, creíste en tus lectores —hago una pausa. Enciendo un cigarro—. Imbécil. Eres un imbécil, ¿lo sabes? Lo autoeditaste para que lo compraran. Y sin ganar tú un duro; a precio de coste. Regalaste tres años de trabajo. Creías —de verdad lo hacías— que no sólo lo comprarían ellos, sino que se lo regalarían a sus amigos, que lo donarían a bibliotecas, que montarían foros y páginas para hablar de él. Pensaste que podrías crear un pequeño fenómeno de culto. Que podrías saltarte al intermediario. Que tu libro se vendía solo. Porque era bueno, porque de verdad lo era. Porque podía poner patas arriba la vida de muchos chavales en el mundo.
Él me atiende sin pestañear.
—¿Y?
—Y vendiste treinta ejemplares.
—¿Treinta?
—Treinta.
Le sirvo una copa. Sencillamente, no se lo cree.
—Pero... ¿Treinta?
—Treinta. Te lo juro. Bueno, no, miento: treinta y uno. Entonces se produjo el divorcio con el lector. ¡Traidores!, gritabas. ¡Hijos de puta! ¡Jodidos hipócritas! Porque tú les interesabas mientras eras promesa. Querían poder decir: “Yo lo leía cuando no era nadie. Yo lo leía”. Pero cuando se demostró que no publicabas, que pasabas a ser un pelagatos más, ni siquiera se molestaron en comprarlo. Chapaste la bitácora. Te planteaste el para qué. Siempre has escrito para los demás. Siempre. Si no hay un otro, no tiene sentido. El lector, ese desagradecido. El lector, ese monstruo; decías. Y escribías:
“No tengo motivos para escribir. No sé si volveré a tenerlos alguna vez. No recuerdo cuáles eran mis motivos. No sé qué coño estoy haciendo ahora mismo —hurgarme en la herida, agrandar la llaga a mordiscos, comerme la costra, tragarme a mí mismo—. Si abro un libro y lo leo, antes de tirarlo por la ventana, encuentro dos: el dinero o el prestigio. Para eso se escribe; para eso escriben los que escriben. Los hay que quieren pegar el pelotazo y hacerse de oro; a otros se les hace el culo gaseosa pensando en lo que dirán los críticos de Su Elegante Prosa, preferiblemente cuando hayan estirado la pata y aparezcan inmortalizados en los libros de texto de literatura (para que un niñato le pinte bigotes a la foto: la gloria. La gloria es un rayo de luna y una polla esquemática dibujada en tu cara).
Yo nunca lograré escribir para ganar dinero. No soy lo bastante rápido, lo bastante simple, lo bastante comercial, no hago perfectas comidas de rabo a los editores postrado de hinojos —oh sí, trágatelo todo, ¿ves el contrato? ¿Te gusta, eh? ¿Ves las condiciones? Chupa. Hasta el fondo—, no me adapto a las modas y no sé escribir a la carta y por encargo. Y sobre todo, soy un tipo tímido como una violeta, hasta niveles enfermizos. Nací antisocial y crecí con problemas de relación, pero me congratula anunciar que, tras la terapia y el litio, me he convertido en un psicópata que tiene que contar hasta veinte para no calzarle una hostia al desconocido que se acerca a preguntarme la hora. Me da asco la gente: a puñados, más. No valgo para la promoción ni para el circo. Y el prestigio me da risa; escupí contra el ámbito académico hace mucho tiempo. Al acabar la carrera podría haber tirado por ahí —iba sobrado de nota y de profesores que me apreciaban y que me detestaban a partes iguales, lo cual me hubiera catapultado a una meteórica vida laboral como becario, profesor precario, futuro titular y flamantísimo catedrático a la provecta edad de cuarenta años, como otros tantos llenos de cadáveres pisoteados en el armario—, pero no lo hice.
Mi vida está llena de negativas; ellas me conforman. Le he dicho que no a tantas cosas... Le dije que no a la universidad. Le dije que no a curros de responsabilidad. Le dije que no a publicar. Le he dicho que no a prácticamente todo. Elegí fracasar, y sólo en eso he triunfado. Y ahora, le digo que no a que escribo. Ya no escribo. Me pongo, cada día. Contemplo la pantalla en blanco, y escribo. Para qué, escribo. Una y otra vez: para qué. Para quién.
Porque ahí está el quid, señores. Para mayor claridad, en griego: τί.
Yo era un exhibicionista. Me gustaba abrirme la gabardina y la carne. Filetearme el alma y mostrarla a pedazos sangrantes. Triturarme con el cuchillo y gritar: ¿Veis? ¿Veis de lo que estoy hecho? De vísceras, de puro talento y de bilis. Escribía para sorprender, para inquietar. Para molestar, también. Casi siempre. Para provocar algo. Era un trabajo en equipo. Yo escribo: el lector lee. Yo hago buh, el lector se asusta.
Mientras el lector es imaginario, futurible, misterioso, envuelto en un velo y sin rostro, todo iba bien. Yo escribía para él. Yo escribía para ti, ¿de acuerdo? Para arreglarte o para joderte la vida. Pero a ti te la da una higa, te importa un carajo, te la suda que yo escriba y lo que escriba. A ti qué más te da. Sólo es un libro.
Pues muy bien. Enhorabuena, chavales. Lo habéis conseguido. Me habéis matado, por dentro. Entre todos”.
Me devuelve el folio, estupefacto.
—No llegué a sacarlo en la bitácora —le digo—. Para qué. Para qué al cuadrado.
—¿Y después?
—Ja. Ahora viene lo más divertido. Bébete la copa, hazme caso. Un tiempo después, Politeísmos llegó a las manos de la editorial de literatura juvenil más importante de España.
Pestañea.
—¿Te refieres a...?
—A La Innombrable. Sí. A ésa. A la editora ejecutiva le flipó, pero era una jodida salvajada; no podía salir en juvenil. Ya sabes: los personajes follan, se drogan y se matan, cosa que está muy fea. Se lo ruló a la división de adultos. La respuesta fue que “pese a su indudable calidad, no entra en el catálogo”.
—Una carta rechazo tipo.
—No, para nada. Esto fue de palabrita y auténtico. A pesar de ser un libro de autor desconocido y de cuatrocientas ochenta páginas, se lo leyó el jefazo y lo consideró con mucho interés; lo sé de primera mano.
—¿Conseguiste un topo en...?
—En La Innombrable. Sí. No me subestimes. Así que la editora de juvenil, ya que no podía sacar Politeísmos y consideraba que de verdad eras bueno, te pidió un libro que fuera juvenil. Y lo escribiste.
—¿Por encargo?
—Sí. No. A ver, es complicado. Nunca llegaste a conocerla en persona. Todo esto se movió por topos. Como siempre. No fue un libro de encargo. A ti nadie te dijo tema. Simplemente, que fuera para críos.
—No soy un autor de infantil —se queja.
—Ni lo serás nunca. Eso fue un puto desastre. Como no te llenaba, te dedicaste a hacerte pajas estilísticas. Escribiste un texto jodidamente plúmbeo, para niños superdotados de más de treinta años. Un horror. Una puñetera mierda. Una mierda muy bonita, sí. Con sombrillita clavada como un cóktel. Pero una mierda. De alguna forma, te sentías con tablas. Pero qué bien escribías, hijo de puta. Tú podías hacer cualquier cosa, claro. ¿Pues sabes qué?
—¿Qué?
—Que en las tablas, uno también se resbala.
—Así que la cagué.
—Completamente, chaval. El libro era impublicable. Me temo que quisiste resarcirte de Politeísmos. Demostrar Lo Bien Que Podías Escribir si te ponías. Politeísmos es llano; hasta cierto punto, comercial. Lo han podido leer y disfrutar auténticos analfabetos funcionales. Está muy bien hecho, pero no es Alta Literatura. Camina en...
—En la delgada línea.
—Justo. Pero a Carpentier no lo pueden leer analfabetos funcionales, ¿no? Gilipollas. Con ese ego que tienes, decidiste lucirte. Desplegar toda una maraña de recursos. Hacer piruetas estilísticas. En un cuento para críos, toma ya. El resultado fue patético.
—Dicen que la segunda novela siempre es mala —objeta, defendiéndose—. La presión...
—Ya. Pero es que ésta no es simplemente mala. Es estrepitosamente fallida. Pomposa y grandilocuente. Tarimesca. Inaguantable.
—Joder, tío —se revuelve incómodo—. No te pases. Que también es tuya.
—Tuya aún no. Por eso te lo advierto. Evidentemente, la editora ejecutiva no sólo la rechazó, sino que reconsideró muy mucho aquellas palabras de “no es que Politeísmos sea buena; es que creo que el autor puede llegar a ser de verdad alguien”. La decepción fue mayúscula. Fin de la historia.
—¿Fin?
—No, claro. Llevas tres meses corrigiendo ese desastre. Le has sacado cien páginas de pedanterías. Ahora es casi legible, y todo. Pero ya da igual. Ya no puedes llevarla a la Editorial Innombrable. Se acabó. Se te abre una puerta, y vas tú y la cierras. Y a lo bestia, para darle en las narices al que está detrás.
Mato la copa. Aguardo a ver su reacción. Y hace lo que más me jode, lo que más podía joderme en el mundo.
—Estoy realmente orgulloso de ti —dice—. Lo estoy. Sigues... sigues ahí. Luchando. No te has rendido. Ni te has vendido. A pesar de todo.
Entonces, exploto.
—Venga ya no me jodas. Soy un puto fracasado, ¿me oyes? ¡¡UN PUTO FRACASADO!! Mi vida es una mierda. Toda, toda mi vida está programada para escribir. Tengo un curro humillante y lamentable para el que estoy SOBRECUALIFICADO hasta niveles de risa, porque es lo que siempre quise: algo que me dejara tiempo, que no me diera responsabilidades ni quebraderos de cabeza. No llego a fin de mes ni con malabares. No tengo amigos. No tengo vida social. Me follo a una jodida niñata que es AMIGA DE MI HERMANA. ¡Le saco siete años, joder! Camino para atrás como los cangrejos. NO HE CONSEGUIDO NADA. ¡NADA!
Pero él me sale con romanticadas y polladas decimonónicas sobre la idea del Genio, de la Autoría Sublime y de los Grandes Popes de la Literatura. No se le humedecen los ojos de milagro. Y no le parto la cara, de otro.
—Tienes que fracasar —suspira con embelesamiento—. Es así. Tienes que fracasar para triunfar después de muerto. Lo sabes muy bien. Eso es lo grande. Ésos son los que quedan. Ésos son los que importan.
—¿QUÉ? ¿Pero tú eres gilipollas o te lo haces? ¿Me estás escuchando? Te digo que estoy hasta los cojones. Que no sé escribir para mí; que nunca he sabido. Y que el lector, directamente, me repugna. Que no quiero escribir para él. Y para un editor, aún menos.
—Eso no importa. Lo que importa es que escribes.
—Sí. Escribo. Igual que las amas de casa que componen poemas en la lista de la compra. Que te follen. Eres un crío. No entiendes nada. ¿Sabes lo patético que es que lo único que le dé sentido a tu vida sean tus perros? ¿Que no te suicidas porque dependen de ti, porque para ellos eres su universo entero?
—Me parece un motivo tan bueno como cualquier otro para levantarse por las mañanas —sentencia.
—Sí, claro —gruño—. Para sacarlos a mear.
Nos quedamos callados. Lanzo Politeísmos de nuevo a la papelera. Fallo. Él se retuerce las manos con ansiedad. Hace un gesto para levantarse y cogerlo. Se queda quieto. Me mira.
—¿Puedo... puedo leerlo?
—No. Jódete y escríbelo.
Me doy cuenta, de pronto, de que han cambiado las tornas. De que antes, temía al yo del pasado. A enfrentarme a sus ojos limpios e ilusionados. A no cumplir sus expectativas. Al terrible “Yo no iba a crecer para ser tú. Yo iba a ser otra persona”. Pero ahora, no. Ese niño crudo me tiene cierto miedo. Y me respeta. Se lame los labios. No parece saber bien qué decir.
—Aún escribes —dice—. A pesar de todo. No lo dejas. No creo que lo dejes nunca.
Aplasto la colilla en el cenicero.
—Dios te oiga, Al. Dios te oiga. El que sea.
—¿Te... ¿Te arrepientes?
Levanto la vista. Lo veo confuso, asustado. De pronto, ya no le odio. Lo encuentro blando, débil, pequeño. Con las mejillas redonditas para recibir bien de bofetadas, de todas las que le dará la vida. Tampoco le envidio.
—No —contesto—. Nunca. Volvería a hacerlo. Todo, del mismo modo.
Le tiendo la mano. Hagamos las paces, Álvaro. No, no cumplí tus sueños. No, no te puedo hacer un corte de mangas. Tal vez nunca pueda.
—Quédate con eso —murmura, dubitativo—. Con que pudiste elegir. Dijiste que no. Pudiste elegir. No todos pueden.
—No me quedo con eso —replico—. Eso es una gilipollez egomaniaca. Me quedo con... Con que lo importante es pelear y luchar hasta el final.
—“Considerando que, a pesar del fracaso, hemos ganado” —cita, sonriendo.
Asiento, con infinita tristeza. No sonrío. Se desvanece en el aire. Me quedo solo en el cuarto blanco. Materializo un ordenador portátil; uno nuevo, que no rasque el disco duro ni se cuelgue cada diez minutos. Al fin y al cabo, estoy en el cuarto blanco. Aquí puedo generar mis fantasías a la carta; para qué privarme de nada. Lo enciendo. Abro un documento de word. Miro la página en blanco. Y las paredes, el techo y el suelo. Blancos.
No tengo ninguna intención de ir informando por aquí acerca de él —entonces, ¿qué estás haciendo en este instante, eh? ¿eh? Maldito hipócrita mentiroso—. No voy a darle publicidad. Cuando montas un circo, acabas haciendo el payaso. No me interesa el lector. Ya no. No me apetece que lo espere nadie. No quiero que me digan lo que les parece. No necesito opiniones, y no es una cuestión de ego, sino de sencilla constatación de un hecho: si a ti no te gusta mi obra, es bastante probable que a mí no me gustes tú. Así que no tenemos nada que decirnos.
Considero que, estilísticamente, esta novela le da sopas con honda y cien vueltas a Politeísmos, que es bisoña, adolescente y rabiosa. A pesar de ello —o a causa de—, me gusta menos. Me toca menos. No me araña: me acaricia. No me estruja: me abraza. Me da un beso de buenas noches y me arropa en la cama. Politeísmos es y será una novela enferma, y yo ahora lo que necesitaba era curarme. Y lo he hecho. Ya vendrán otros tiempos y traerán otros textos.
He estado tres años sin escribir ni una letra. He tenido que recuperarme del para qué. Admitamos abiertamente que no voy a publicar y que, si lo hiciera, sería agachando las orejas y sintiéndome una rata rastrera. Aunque tragara, no iba a sacarme de pobre ni a solucionarme la vida: lo único que ganaría sería mil euritos y un stock que no se ha vendido y que, para guardarlo en mi casa, tendría que salirme yo. Un libro acabado no hace que me sienta mejor; sólo más triste, más cansado y más vacío. Y más viejo, porque el tiempo corre en medio, mientras tú vives encerrado al margen de la Historia, metido en la tuya, que se escribe con minúscula, letra tras letra y noche tras noche, robándole horas al sueño y consumiéndote. Escribir es destructivo, especialmente de la forma en que lo hago yo. Así que hay muchos motivos para no escribir, y ninguno para hacerlo. Para qué escribir. Para quién.
Y he encontrado la respuesta.
Para nada.
Para nadie.
Quiero dar personalmente las gracias a cuatro personas.
A Chipita, que supo disfrutar de algo que no le interesaba y ver que la forma puede tanto como el contenido, y a veces más.
A Lanark, que se autoinvitó a mi casa para visitar los Madriles. Por toda respuesta, le gruñí que no tenía ganas de interrelacionarme con otros simios rosados, que ya conozco demasiados. Lo mantengo, pero aprecio el gesto de acercamiento.
A Azaroa, porque le afectó.
A Sol, de la cual me gustaría conocer nombre y apellidos, porque algún día dará que hablar. Fueron las palabras exactas que me dijo a mí un editor —que quebró poco después, así que habría que poner en entredicho su olfato— tras leer simplemente cómo me expresaba en conversaciones de IRC cuando tenía veinte años. Sé que Sol escribe —si no lo hace, ya está tardando— y lo hace cojonudamente bien, y lo sé sin haber leído un solo texto creativo que haya firmado. Tengo poderes.
Dicen que Valle-Inclán vendió cuatro ejemplares de su primera obra y declaró que seguiría escribiendo para esos cuatro lectores. Yo he vendido treinta, lo cual me hace sentirme muy infeliz, porque hay que ver lo que nos gusta quedar siempre por encima como el aceite.
Podría escribir para los cuatro de arriba, a los que salvo de la criba, pero escribir para cuatro es lamentable.
Algunos de mis porfiados lectores saben desde hace tiempo, incluso antes que yo, que iba a publicar Politeísmos —atención al pretérito: que nadie saque el confeti si no quiere tener que comérselo luego—. Esos lectores maravillosos me mandaron correos electrónicos asombrados y hasta un poco indignados. Les pedí por favor que cerraran la boca, porque yo no estaba enterado de nada y esto parecía de chiste, y así lo era. Descubrieron que iba a publicar —no pierdan de vista el tiempo del verbo— mediante las búsquedas de google: siguiendo la pista de mi nombre cayeron en la página de un diseñador editorial que tenía el catálogo en PDF a medio hacer y en abierto, sin contraseña ninguna. Estaba escondidito, ya que yo no lo vi en mis paseos egocéntricos dominicales para comprobar cómo iba la red de menciones a mi humilde persona, cuántos blogs habían desaparecido y cuántos me despreciaban y me borraban de sus favoritos, y lo mucho que me alejaba cada día de los 30.000 enlaces que alcanzamos en verano, debido principalmente a que estáis hasta la polla de los parones de la bitácora. He forzado vuestra paciencia hasta límites obscenos y lamentables. Como han forzado la mía.
Disculpen las molestias.
La cuestión es que la novela figuraba en el catálogo de las novedades para el segundo semestre de 2008, y sin haberme avisado. En la Editorial Misteriosa dieron por sentado que yo iba a tragar con todo lo que me pidieran y me incluyeron mucho antes de llamarme, y antes —por supuesto— de plantarme el contrato delante. Surrealista, pero cierto. Era un catálogo muy bonito, muy colorido y muy profesional. Aparecía mi obra junto a otras de singular trascendencia y valor literario indiscutible —apúntese: IRONÍA—. Lo descargué y lo guardé, porque colecciono curiosidades editoriales y me gusta enmarcarlas y colgarlas en mi pared, e hice bien, porque ya lo han quitado: para cambiarlo, tachar mi nombre y hacerle vudú, supongo. La caché de google aún se puede encontrar, dudo que por mucho tiempo y la verdad es que me da lo mismo. Regalaría un gallifante a todos los que localizaron el enlace si no fuera porque no estoy de humor.
Meses —¡meses!— después me llamaron y mostraron un contrato. Meses de angustia, de indecisión, de no saber nada; de cerrar la bitácora por no poder contar esto y no querer contar otra cosa; meses de morderme los nudillos, la mesa, el teclado, de masticar el móvil con los dientes hasta que me sangraban las encías, de refrescar la pantalla del correo cada tres minutos aguardando novedades; meses de tener que soportar que los colegas te pregunten “¿aún no te has suicidado?” con completa seriedad, de la que asusta; meses después, AHORA, me ponen un contrato delante.
Bien, pues no lo he firmado.
Quiero decir con esto que he tenido la publicación al alcance de la mano, la he rozado con las yemas de los dedos, y he dicho que no. Y lo he dicho yo. No ellos.
Ahora me voy a explicar, antes de que me asesinéis y con razón.
El contrato era abusivo, vergonzoso e irrisorio: uno de los mejores textos de humor que he leído nunca. No sólo en el aspecto económico, que me la pela y que también lo era, porque regalaba la obra, sin percibir ningún adelanto, y luego ya si eso me pagaban algo, me daban la propinilla y la limosna y las gracias pasado un año, si se había vendido bien. Si no, nada. Eso me daba bastante igual: no hago esto por dinero. No puse pero ninguno. Ahí no.
Donde surgían los peros fue en el aspecto profesional y personal: el contrato me afectaba a mí y afectaba a la obra, y no para bien. Empecemos el recuento. Diversión aseguraba: lo garantizo.
1. Hacía una cesión de derechos EXCLUSIVA y MUNDIAL, y universal no lo pusieron porque se les olvidó que en la MIR también leen, y mira que si se llevan el libro en un viaje espacial y no les pagan, fíjate tú que tragedia. Vale. Es de coña, pero aceptamos barco. Qué remedio.
2. Permitía por contrato que se despedazara el libro y que apareciera en [play reprise]: formato libro; rústica; tapa dura o cartoné; ediciones económicas o de bolsillo; Club del Libro; fascículos; ediciones especiales para quiosco; reproducción parcial, resumida o abreviada, tanto en forma de pre como de post publicaciones; reproducción impresa, tanto en forma parcial como total, en publicaciones periódicas, en forma resumida, abreviada o compendiada, o en cualquier otro tipo de operación promocional o especial; versión completa, condensada o abreviada, en antologías, libros escolares y otras ediciones especiales, sean o no promocionales; traducción a todas las lenguas extranjeras, a cuyo efecto el AUTOR le cede en exclusiva mundial el correspondiente derecho de traducción, quedando facultado el EDITOR para designar, a su elección, la persona o personas que han de realizar dicha traducción, y la remuneración que corresponda a la misma en la explotación de la OBRA traducida; derechos de reproducción, distribución y comunicación pública de la OBRA en versiones electrónicas (entendiendo por tales aquellas que incluyan todo o parte de la OBRA en forma sonora, visual o audiovisual, para su lectura junto con sonidos e imágenes, incluidas las versiones multimedia y las redes de comunicación), pudiendo reproducirla, almacenarla y distribuir copias de la misma en cualquier soporte electrónico, en su más amplio sentido (óptico, magnético, óptico-magnético o digital, tales como cassette, láser, disquete, Cd-Rom, Dvd-Rom, discos ópticos, disco duro, servidores, etc.), así como transmitirla de cualquier forma a través de Internet y otras redes informáticas y de telecomunicaciones (en línea o por satélite), permitiendo a terceros su reproducción, lectura y/o almacenamiento (“download”) en cualesquiera de los soportes citados anteriormente; el AUTOR acepta las variaciones que el EDITOR deba introducir en la OBRA a efectos de adaptarla a estas modalidades de explotación, así como todas las operaciones que formen parte integrante y esencial del proceso tecnológico de transmisión y distribución[stop reprise], y no pusieron que en puzzle de mil piezas y en los cartones de leche porque no se les ocurrió.
[Inciso: lo normal, lo decente, es contratar la obra en cesión EXCLUSIVA NACIONAL y sólo para RÚSTICA, que significa papel cutre-cubierta blandiblú. Si se vende bien e interesa, se hace un nuevo contrato en el que se valora en qué otro formato se podría sacar y se renegocia el porcentaje, que nunca —no os engañéis— supera el 10% del libro. A título informativo: si compráis una novela que vale 15 euritos con IVA, le restamos ese pico del 7% y nos quedamos en 13,95: de aquí, el autor percibe, en el mejor de los casos, un euro con tres céntimos noventa y cinco, que le da para un café, y no en todos los sitios. El resto se lo comen las editoriales y distribuidoras. Y me la trae floja, señores. Eso me parecía muy bien, aunque mi porcentaje hubiera sido AÚN MENOS. Lo que no me parecía tan bien es que hicieran con el texto lo que les saliera de la punta del capullo. Tanta puta edición en todos los colores y sabores y sin poder decir ni pío es desproporcionado y absurdo y un cachondeo y un atraco a mano armada.]
3. Se aseguraban de decir que cedía la obra para la venta en todos los formatos y canales existentes o que puedan existir en el futuro, por si acaso, oye, se les ha olvidado algún instrumento con el que sacarme la piel a tiras, pues incluyen hasta los futuribles e imaginarios: nada de sólo con fórceps, tenazas, potro y cilicio tradicionales: hasta el cuchillo de mantequilla y un coqueto sacacorchos por la oreja y lo que se invente en el mercado inquisitorial de aquí en adelante, por qué no.
4. Me negaban el derecho de opinión o de réplica y decisión o consenso sobre ningún aspecto de la obra (traducción, por ejemplo) y otorgaba libertad absoluta en cuestión de diseño y promoción para el editor: si me cascaban una cubierta con los osos amorosos para una novela oscurilla me tenía que parecer fetén.
Hasta aquí, cedí, porque quería que saliera la puta novela, quería librarme de ella y quería, sobre todo, que la leyerais. A partir de aquí, no. El contrato tenía un par de trampas, trampas mortales: omisiones nada inocentes y cláusulas muy peligrosas. Verbigracia:
5. No aparecía por ninguna parte eso tan bonito y oportuno de que “el AUTOR se reserva todos los derechos sobre la OBRA que no son de cesión en el presente contrato”.
Claro que no aparecía. PORQUE SE QUEDABAN CON TODOS LOS DERECHOS. Esto viene a significar que no vendo mi alma al diablo, sino que la regalo. Juguemos al cuento de la lechera y flipémonos, ya que eran ellos mismos los que se flipaban y legislativamente, que parece más “pro” pero resulta igual de idiota. Ejemplo: si a algún colgado se le hubiera ocurrido hacer una película, un cómic, un juego de rol, una línea de muñecos de acción, el kit completo de bricolaje politeísta, una caja de condones con estrías con la jeta del personaje del lobo en el látex o unas tarteras de Tu Dios Interior —artículo sobre la novela que todos esperamos impacientes— no hubiera tenido que hablar CONMIGO, sino con ELLOS, a los que, como veremos más adelante, les importaba muchísimo la obra y la respetaban en el alma y de corazón. Y al revés, lo mismo. Llega un cándido friqui y elabora una historia propia en la red acerca de algún personaje de gran trascendencia —qué sé yo, sobre el cartero que le lleva un paquete al protagonista en el capítulo IV, y nada de pensar guarradas, que es estrictamente heterosexual—, yo leo el fanfic y me pongo muy contento; lo lee el editor y lo mismo le mete un paquete al friqui —podéis pensar las guarradas que queráis en este contexto— por ir contra la propiedad intelectual, y yo me tengo que callar y aplaudir al son y con las orejas y apoyarle, porque los derechos NO SERÍAN MÍOS y, por contrato, [play reprise] el EDITOR queda facultado para iniciar y seguir cualquier acción, negociación o procedimiento judicial, extrajudicial o administrativo que estime necesario, teniendo control absoluto sobre el mismo, tanto en su planteamiento y resolución como en el nombramiento de los asesores, abogados o representantes que en dicha controversia intervengan. El AUTOR, desde este momento, acepta y asume las decisiones que el EDITOR adopte para la resolución de los conflictos planteados, incluyendo las transacciones judiciales o extrajudiciales que el EDITOR pudiera alcanzar con los terceros implicados. El AUTOR queda obligado a otorgar al EDITOR, o a la representación que éste designe, poderes notariales bastantes para llevar a efecto los aludidos procedimientos [stop reprise]. PERO AAAAAAH, QUE TIENE TRUCO: Los gastos, costes e indemnizaciones ocasionados por conflictos derivados serán asumidos íntegramente por el AUTOR. ¿No lo habéis entendido? Es fácil: blablablá, blablablá, blablablá, te doy por culo y la vaselina la pagas tú. Siendo puntillistas, aunque lógicamente no creo que me denunciaran —ya sería lo último—, el contrato me impediría A MÍ citar mi propia obra sin permiso del editor; es lo que tiene la cesión exclusiva. ¿Os parece fuerte? Pues tranquilos, que hay más. Sólo estamos empezando. La siguiente cláusula sí que es sangrante. Aún tengo el torniquete puesto, y la leí la semana pasada. Haceos a la idea.
6. “El AUTOR dará primera opción al EDITOR para las siguientes novelas que pudiera publicar en español”.
Toma ya. Vamos a traducirlo, que ya sabemos que los textos legales resultan tan legibles como las instrucciones en coreano de la cafetera. Esto significa que, de aquí en adelante y para el resto de mi vida, cada novela que escribiera, hasta las póstumas que deje dentro de un cajón después de estirar la pata, les pertenecerían, primero, a ellos. No, oigan, no. ¿Con el asco que les tengo les voy a estar viendo a ustedes la cara hasta que la diñe? ¿Me cierran la puerta a cualquier otro sitio y yo sólo sonrío? ¿Y si me apetece presentar una obra a algún concurso, me jodo y me aguanto PORQUE NO PUEDO, PORQUE SIEMPRE PIDEN QUE TENGAS LA OBRA SIN COMPROMISO EDITORIAL? Si me hacen un contrato indefinido van y me dan de alta en la seguridad social, no te jode. Esto, señores, es el circuito editorial, pero con descaro y desfachatez como no había visto en ningún sitio. Sé —porque he leído otros contratos— que se pide prioridad para el siguiente texto. Muy bien. Para UNO. Si has acabado con tu editor como el rosario de la aurora, te la ha metido por el culo pero bien y te la ha sacado por la boca y te quieres ir a otro lado, vas y le llevas un libro de Cocinar con batidora, Los potajes de mis tías o Los Mejores Bares Góticos Madrileños y a otra cosa mariposa. Pero lasss siguientesss novelasss NO. Todas, no. A tomar el pelo a su padre. Aparte —e informo de esto para los escritores noveles, inocentes y felices— la cláusula famosilla va contra la Ley de Propiedad Intelectual y hasta contra el Código Civil: LPI 43.3 y 59, CC 1271. Que se aprovechan de que los “artistas”, claro, somos gilipollas, alternativos, excéntricos, majaderos, vivimos en nuestro mundo de piruletas de fresa y somos incapaces de leernos algo que no tenga metáforas, árido, duro, gris y triste, como es una ley que, cojones, nos afecta a NOSOTROS, y está hecha para NOSOTROS. Pues a pesar de toda mi artisticidad, me la leí, me la empollé, consulté con un abogado, le mostré el contrato, le entró la risa floja y me dijo que era el contrato más “yo, yo, yo, primero yo, después yo, y siempre yo” de editor que había leído nunca. Consulté con otro abogado especialista en LPI, me dijo qué cambios habría que introducir y me recomendó que, si no quería tragar, fuera pensando en otro sitio o autoedición porque la sartén por el mango la tenían ellos y yo carecía de capacidad de negociación, y si no estábamos hablando de Planeta —que no es el caso— no me convenía una mierda joderme de por vida por una tirada ridícula. Lo floté en colores diversos y variedad de matices y empecé a replantearme cositas, la verdad.
Sigamos, que aún queda lo mejor. La omisión menos inocente de todas. Lo más doloroso. Lo más triste. Faltaba ESTO:
7. El EDITOR se obliga a reproducir la obra en la forma convenida, sin introducir ninguna modificación que el AUTOR no haya consentido.
Claro, como es evidente, para qué van a ponerlo, ¿no? Tú publicas tu texto, no el del vecino. Es obvio, ¿a que sí? Se supone que si quieren publicarlo es porque les gusta y quieren que salga tal y como es.
Ya.
Pues si creíais que cuando agarráis un libro leéis lo que el autor quiso que leyerais, estáis muy equivocados, hijos míos. De verdad. No hay Reyes Magos. Son los padres. Siento quitaros la ilusión, pero hemos crecido. Este año me he vuelto muy, pero que muy viejo. Me lo han arrebatado todo. TODO. La ilusión es para los novatos. Ya no lo soy. Y quiero que hoy vosotros aprendáis algo sobre el mercado del libro, y que lo aprendáis conmigo.
Hay una cosa que se llama crisis del papel, que de tanto deforestar la Amazonía así nos luce: no nos quedan árboles y el folio está carísimo. En parte gracias al mercado del libro. Un editor cuenta lo que va a vender. Pongamos que piensa que van a comprarle tres mil ejemplares. ¿Imprime tres mil? Sería lo adecuado, ¿no?
Qué va.
Imprime casi EL DOBLE. Siempre. Primero, porque le sale más barato. Y segundo, porque en las librerías ocupará más espacio. Habrá una columna con más libritos, los virtuales compradores los verán más, ergo los comprarán más. La mitad de la tirada va a la basura. Directamente. Se envía para que esté en las tiendas. Las tiendas devuelven la mitad. El editor la destruye: la convierte en saldos, la vende al precio de pasta de papel en el mejor de los casos. En el peor, la quema. Hay incineradoras junto a las grandes editoriales, por si no lo sabíais. No se recicla ni se dona a bibliotecas. Se QUEMA. ¿Por qué? Porque CUESTA MÁS PELAS pagar el transporte a otro sitio. Así que ya vale de lloriquear conque el papel está muy caro, pero va a la puta papelera la mitad de la tirada y además hay que sacar libros con papel de ochenta gramos y cubierta gruesa, que si no la editorial baja de categoría, ¡corramos a comprárnoslos! ¿Qué más da lo que esté escrito dentro?
Así que por un lado tenemos la crisis del papel. Y por otro tenemos una cosa que se llama beneficios. El libro tiene que salir rentable, sobre todo si eres autor novel. Si eres Ken Follet o Ruiz Zafón, pues cuanto más gordo sea el tostón mejor, que es más caro y queda mejor envuelto en papel de regalo, que así parece que te has gastado algo y es aparente para los cumpleaños. Si no es el caso, asúmelo: CORTARÁN TU OBRA. Y por cualquier lado, que no importa: no tiene nada que ver con criterios literarios. No es que tu libro sea un peñazo y le sobren kilos de paja y viene el editor al rescate a corregirlo envuelto en su capa y sus mallas de colores. No. Es que sale demasiado caro. Y así te lo dicen. “Es una pena cortar una novela con una estructura tan redonda, pero es demasiado larga; se saldría del presupuesto”. Ah, muy bien. Total, es un libro. ¿Quién va a notarlo? Me soltaron, literal, “que les había llegado una novela de mil y pico páginas, la habían dejado en quinientas y había quedado muy bien”. Ajá. Como sabía de qué libro me estaban hablando —una especie de Tom Clancy de tercera regional— me entró la risa. Claro que quedó muy bien. La novela era una mierda: la cortas a la mitad, pues se queda en media mierda. Sin duda, ha mejorado notablemente. Y el autor, entre tanto, tan contento, porque van a poner su nombre en gordo en carteles y va a firmar libritos y a posar para la foto. ¿A quién le importa la obra? Al autor, no. Al editor, menos.
Así que cuando el editor me dijo: “Has escrito un pedazo de novela”; yo me limité a chillar: “¡No! ¡No he escrito un pedazo! ¡He escrito una novela entera! ¡Y no voy a partirla por la mitad!”.
Señores.
Las editoriales no venden libros: venden PESCADO. Le quitas la cabeza y la raspa y te lo comes igual. Y todo el mundo TRAGA. Traga porque publicar, ooooh, publicar, con lo difícil que es, es un privilegio, si es que los editores son todos unos filántropos, sólo quieren hacer felices a los autores, el mal necesario del mundo de la edición, llenos de ínfulas, que se creen ¡hasta importantes! ¡Que consideran que lo que han escrito tiene algún interés de por sí! No, claro que no. A tragar, que nos hacen un favor cuando se lucran a nuestra costa; y total, ya podremos exigir cuando seamos famosos. Ahora, tragamos. Hasta el fondo. Porque todo el mundo lo hace.
¿Y si no quieres ser famoso, ni ahora ni nunca? ¿Y si simplemente quieres que se lea TU LIBRO, no otro?
Pues te cuadras. Dices que te da igual lo que haya detrás de la puerta. Que sí, que tú quieres pasar por la puerta. Pero llevas a tu hijo en brazos, y si para entrar le tienes que cortar una pierna y un brazo, pues te quedas fuera y aquí paz y después gloria. Y te dicen que bueno, que ya se verá, que según cómo salga la maqueta, que el tamaño de la letra, que tal y pascual, que sí, que lo mismo entra, apretando bien hasta que no se distinga la a de la d. Y luego ves que en el contrato, de respetar la integridad de la obra, nones. En contrato lo que pone es que “El AUTOR hará entrega del original de la OBRA en junio de 2008, que consta de 120 folios, en hojas DIN A4 y en disquete u otro soporte electrónico para PC compatible, mecanografiado a dos espacios, totalmente terminado y en condiciones para que el EDITOR inicie las labores de edición”. ¿CIENTO VEINTE? ¿CIENTO VEINTE? ¡TRESCIENTAS TRECE en word! Pero claro, trescientas páginas se quedan en quinientas con la maquetación. Y ciento veinte, en menos de doscientas. Un libro perfecto: de autor desconocido, pero canijo y baratito. Si no se vende y se lo comen, pierden calderilla. Nadie arriesga.
La última: ya acabamos (aunque hay más, muchas más).
8. El AUTOR autoriza al EDITOR a la utilización de su nombre e imagen en cualquier medio con fines publicitarios, y se compromete a participar activamente en la presentación y promoción de la OBRA.
Parece normal, ¿no?
Bien, pues no lo es. Al menos para mí. Y me quedó bien clarito en la entrevista personal. Ya sabemos que la labor de un editor —no lo olvidemos, el ENEMIGO— es destruir por completo la ilusión de un escritor novel por publicar y que le lean, y someterle a todo tipo de procesos humillantes y vejatorios para socavar todo lo que haya en él de original y distinto, hacerle pasar por el aro y convertirlo en un pelele, porque oye, el mercado es así. Te plantan un tablero sobre la mesa y te dicen: esto es el parchís, juegas o no juegas, pero hay unas reglas. Pues no juego. No puedo cambiar el mundo, pero puedo no meterlo en mi casa. Sabéis MUY BIEN que abomino del escritor estrella, que me parece ridículo, que me da lástima y vergüenza que un autor salga por la tele y responda a las preguntas gilipollescas que le hace un periodista al que se la fuma la obra, que considero que la cultura es OTRA COSA, que escribir es una tarea SOLITARIA, que la luz de los focos es para los futbolistas y las estrellas de cine, que la labor de un escritor es, FÍJATE QUÉ RARO, ESCRIBIR, NO HACER EL MOÑAS Y EL SUBNORMAL EN LOS MEDIOS, y que qué coño, de qué números estamos hablando, que no es lógico que te hablen de televisión —OS LO JURO— para una tirada de 1500 ejemplares —que, tras tantas vueltas y revueltas, eso iban a vender, mil quinientos libros, su puta madre—, venga ya, a la tele, que no se lo creen ni ellos, con lo que cuesta un minuto en pantalla, ¿en qué puto planeta viven? ¿Adónde me iban a llevar? ¿Al canal 7, después de las videntes y antes del porno? Y a la radio, me dijeron. Sí, sí. A la COPE, de paso, con Federico Jiménez Losantos —vade retro, Satanás—. Y a la tele con Dragó a colocarle las gafas en su sitio de un patadón, sin duda: pero habrá que moverle el programa para que sea antes de la teletienda: máxima audiencia de fijo. Bueno, ya que estamos de coña completa y estáis hasta los cojones de leer este post sin pausas ni apenas imágenes que lo hagan más ameno, veamos un vídeo con el único entrevistador a cuyas preguntas yo respondería muy gustoso:
¿Fin del alivio cómico? Qué va. EN SERIO ME HABLARON DE TELEVISIÓN. Y me entró la carcajada. Sin poder evitarlo. Y así se lo solté. Les dije que me parecía ridículo y no pensaba hacer el anormal ni servir de perrito circense. Que nadie me iba a querer hacer una puta entrevista porque no soy nadie y a mí tampoco me apetecía hacerlas, así que las dos partes estaríamos en consenso completo. Que si alguien quería saber algo de mí que se leyera la puta bitácora. Que vale, lo entiendo, la gente no lee, qué pena. Pues prensa escrita, lo que les saliera de la punta del cimbel, y mejor que las entrevistas —las MILES que me iban a pedir— fueran por email, que puedes estar en gayumbos en tu casa y no pasas el mal trago de aguantar capulladas en vivo y en directo: pero televisión, NI DE COÑA. Y radio es que es una chorrada. ¿Quién cojones oye la radio y se compra un libro porque lo nombren ahí? ¿La gente entre los quince y los treinta años lo hace? ¿El target de la novela? Todos, todos se escuchan las tertulias, claro que sí. En masa. Y luego las comentan en el recreo.
Pues que nada, que tenía que figurar. Que se precisaba un autor que hicera el imbécil, que tuviera "contacto con los lectores". Les sales con que tienes más contacto que NADIE con tus lectores, que los conoces a cada uno de ellos —a los que han querido salir a la luz—, que te sabes sus nicks, te lees sus páginas, que les contestas a cada cosa que te dicen, que les quieres, coño, que los aprecias, que te preocupas por ellos, que te tortura que estén esperando la obra y que sigan ahí, al pie del cañón algunos, aunque sean dos o tres: que el resto volvería si se publicara.
No les vale. Tienes que garantizar que vas a hacer el gilipollas: si no es ahora, algún día. Ya que te contratan de por vida, pues te venden, sí, y te rentabilizan. "Queremos un autor que figure". Pues búscalo en las cajas de los cereales, que a veces vienen con autor necesitado de foco de regalo, mira tú. Yo sólo escribo. Y punto.
Supongo que el problema es que esta gente no sabe en qué mundo vive. Internet no es el futuro: ES EL PRESENTE. Y se lo dije. Les dije: "El mercado editorial es la cosa más surrealista que existe: vendéis una novela a personas que NO LA QUIEREN, que NO LA CONOCEN, y tenéis que convencerlas de que la compren. Yo tengo a gente QUE LA QUIERE. Cubro la mitad de una tirada de mil quinientos ejemplares. Los tengo contados. Tengo sus correos electrónicos, hostia. NO PIDO MÁS. Pero no voy a bailar al son de la flauta para conseguirla".
El editor se sintió ofendido y molesto cuando me carcajeé de las apariciones en los medios que me ofrecía. [Nota mental: nunca insultar la editorial en presencia del editor.] Creyó que despreciaba su maravillosa tirada de mil quinientos ejemplares, que la consideraba una miseria. Me empezó a decir que era la tirada habitual y que ellos mimaban a sus autores, los llevaban de firmas, de entrevistas, de putas, de tertulias, de sesiones fotográficas y de excursión con bocata de nocilla y colacao incluidos. Pues me parece muy bien para el que le maraville sentirse muy importante y el ónfalo del mundo —más literario que ombligo, dónde vamos a parar— en un país en que leen cuatro gatos, y de esos cuatro, tres leen basura, la última novedad y el bestseller que sale por la tele, claro, y por eso es mejor. Al que le guste, perfecto. A mí, no. Y me hacen gracia los figuras que aparecen en la caja tonta diciendo que odian la promoción. NO LA HAGÁIS, SUBNORMALES. ¿Os pusieron una pistola en la boca para firmar el contrato? Cuánta hipocresía, joder.
Yo estuve una vez en la presentación del libro de un colega, lo admito. Y me pareció un circo, eso sí, con copa y canapés, qué bien, qué elegante, qué cultural. Ahí estaban el autor, el subeditor, tres mindundis más de la editorial, la familia, los amigos y la prensa regional. Hubo muchos aplausos; un huevo de ellos. Mucho discursito vacío de contenido. El texto brilló por su ausencia, aunque estaba sobre la mesa. Pero claro, también estaban los canapés, harto más importantes. Y todo el mundo andaba demasiado ocupado con la foto —y los canapés, nunca olvidarlos—. Sentí vergüenza ajena. Vi aquello como un paripé horrendo y desagradable que giraba en torno al ego desmedido del muchacho, centro de atención y Astro Rey con planetas que orbitan alrededor, que hasta exigió y pidió la presentación, que no se la hacían a todos. Del libro, no se acordaba nadie. Claro, es que nadie se lo había leído: ni siquiera el editor, que para eso es editor y delega en los becarios. Estuve ahí, y me dije: "Yo, nunca. Esto, nunca". Me pareció algo semejante a hacer la primera comunión: mira qué mono va el niño de marinerito, qué regalitos más cucos le dan, qué comida más opípara nos metemos entre pecho y espalda y tú junta las manitas y sube los ojitos y mira al cielo para parecer un angelote tocado de la gracia divina cuando llega la cámara, que luego hay que enseñarles la foto a los vecinos y a las mamás de tus amiguitos y tienes que salir guapete y santurrón, aunque seas un pedazo de hijo de la gran puta que diez minutos antes de entrar en la iglesia le has sacudido tres hostias al de al lado por respirar en tu dirección. ¿A alguien le interesa ahí que el mocoso se haya zampado por primera vez a su divinidad y sin cuchillo y tenedor? Pues no le interesa ni al cura. Y sólo era un símil, que no soy cristiano y me la fuma que los niños cometan o no canibalismo ritual.
Mirad: puede que no lo entendáis. De pronto vi la montaña de mierda. La vi delante de mis ojos. Y ahí estaban todos, con cucharillas de café. Cogían un pedacito de mierda, y la tragaban. Y decían: "Mmmmmmmmm, qué buena". La masticaban, la chupaban, se la metían en la boca, se lamían los labios, pasaban la punta de la lengua por el cubierto hasta el mango entre expresiones de grandísimo placer y disfrute. Y luego me ofrecían: "¿No quieres un poco? ¡Está muy rica!". Yo los miraba con asco, pero insistían, y venga a mascar la mierda caliente y perfumada con las muelas, a pasear los terrones contra el paladar, a deshacer los pedazos de mierda humeante con la saliva, a trocearla con los dientes, a sorber el caldito marrón del fondo de la cucharilla. "¡Qué delicia! ¡Qué maravilla! ¡Ven, te invitamos!", decían. "¡Todo el mundo quiere comerla! ¿No ves la cola que tienes detrás?". Yo dudaba, claro. Todos los demás no podían estar equivocados. Tenía que ser yo el que estuviera loco y no apreciara su sabor. "¡Come, come! ¡Te invitamos! Y te invitamos a comer a ti, no a ellos. ¿Cómo no vas a quererla? ¡Todos se matan por conseguir comerla!".
Firmar ese contrato era entrar en el circuito con sus reglas Y PARA SIEMPRE.
Firmar ese contrato era publicar una obra —no la mía, claro, tendría sus cambios y cortes—con una cubierta con un lobo aullando contra una puesta de sol y un subtítulo absurdo —se empeñaron en que había que meterle subtítulo, y no les gustó ninguno de los que yo les ofrecí: "Politeísmos: esto no es un manual de historia de las religiones"; "Politeísmos: introduzca aquí su flipada"; "Politeísmos: el editor se empeñó en añadir un subtítulo idiota para asemejar este libro a la narrativa de gasolinera de ínfima calidad del estilo de 'Laura y Juanito: novela romántica'" así que escogieron, dentro del amplio abanico que les mostré, una vieja idea para una serie de posts que no me desagradaba del todo "Politeísmos: Bestiario urbano", aunque les profeso gran antipatía a esas dos palabras ahora mismo—. Firmar ese contrato era comprometerme a publicar con ellos el resto de mi vida, salvo que pujara por mí una editorial más grande y me comprara como carnaza para servirle de esclavo a un nuevo amo. Firmar ese contrato era formar parte del sistema: comenzar a publicar un libro cada dos años porque te lo pide el editor, aunque te salga una chufa; ir a los medios a hacer el ridículo y a hablar de que no puedes escribir si no utilizas una pluma de ganso y te metes una flor por el culo. Firmar ese contrato era mi sentencia de muerte. Era escupir contra todo lo que pienso y pisotearlo. Y he estado a punto de hacerlo.
Pero no lo hice.
Así que les dije los cambios que quería introducir. No se me rieron en la cara: lo flotaron de que no corriera a firmar sin leerlo, la verdad. Yo no soy nadie: quién me creo para ir con exigencias.
—Pues me voy —dije, al ver que no aceptaban mis cambios. Y me levanté y me marché.
Hubo un profundísimo silencio.
—¿Nadie va a detenerme? ¡He dicho que me voy! —repetí.
Ni caso. Muy bien, adiós, que te vaya bien.
—¡Me estoy yendo! —grité, abriendo la puerta.
Nada. Cerré entonces. Claro, volví a abrir.
—Me he ido, ¿eh? —dije, para asegurarme de que me habían oído.
Y según salía de la editorial, vociferaba, por si acaso:
—¡Aún estoy en el rellano! ¡Podéis detenerme! ¡Estáis a tiempo!
Vale, no pasó así, lo admito. Yo largué todo lo que tenía que largar y se quedaron en shock. Me dijeron que me lo pensara. Dije que no era yo quien se lo tenía que pensar, sino ellos. Me llamaron ayer por teléfono y me dijeron que no aceptaban mis condiciones. Sin más.
Fin de la historia.
Puede que no lo comprendáis. Muchos no lo haréis. Tanto llorar con que necesito publicar durante dos años, sí. Pues ya no. Ahora sé lo que es. Ya no me hace falta una palmadita en la espalda y una tocada de ego que me diga: "Tu texto vale. Es publicable. No tienes que irte a la autoedición porque no sirva ni para limpiarse el culo y si no te lo pagas tú no lo coge nadie". No. Ya no lo necesito. Podría publicar. Elijo no hacerlo. Así, no. Me niego. Hay una cosa que se llama dignidad. Otra que se llama principios. Tardaré mucho, lo admito, en volver a poder entrar en una librería. En ver los montones brillantes de novedades de otra forma que basura colorida. En sentir que los autores que están ahí son algo más que alfombras para que el editor de turno se limpie los pies.
Es el momento de citar una cita que cita a Manguel, por sobrecargar aún más este artículo interminable:
1) La tijera del editor es un producto del carácter mercantil del mundo en el que nos vemos inmersos y su cometido tiene como misión crear productos "vendibles", 2) el mal editor se contenta —otra vez— con transformar el texto para censurar la riqueza y la ambigüedad que son los auténticos logros de la literatura y 3) un buen editor es un lector competente que, aun así, sigue sin saber que en el fondo es un don nadie.
No digo que Politeísmos sea un "auténtico logro de la literatura". Ni falta que le hace. Digo el mercado es así, y yo no soy así. Punto.
Ahora, cada vez que entréis en la Casa del Libro, en la Fnac, el Corte Inglés, a comprar un libro, tened en cuenta que:
a) El editor ha pagado a la distribuidora para que el libro esté en esa mesa y no oculto en un montón.
b) La mitad de los ejemplares que hay en esa pila van a ser incinerados.
c) Existen diferencias notables entre el texto original y el que tenéis en la mano.
d) El hecho de que lo tengáis en la mano indica que al autor se la peló que hubiera diferencias, y por tanto el texto, y el autor ya de paso, son despreciables.
e) El autor tiene que hacer el pino puente para que le hagan caso y le mantengan en esa posición.
Si después de saber esto, no soltáis el libro como si os hubiera quemado y corréis luego a lavaros las manos, os admiro. Si lo compráis, os admiro.
Porque yo no puedo. Y tardaré en poder.
“Con dos cojones. Te has mantenido en tu sitio y no has tragado, aunque era lo que más deseabas en el mundo”, me ha dicho mi hermana. “Estoy muy orgullosa de ti”.
¿Sabéis qué? Que con eso me basta.
[Y una mierda me basta. ¿Quién sale perdiendo? YO.]
Sólo puedo citar un párrafo de Politeísmos, sinceramente. Han conseguido que odie mi propio libro, que odie el acto mismo de escribir, pero aún considero que tiene ideas válidas. Como ésta:
Las cosas son simplísimas. La vida te maneja o la manejas tú. Yo todo lo divido en términos de domesticación. Te tiran la pelota y la recoges o le arrancas la mano al que la lanzó.
Llevo un año entero dedicándome a jugar con la pelota. Sin escribir. Preocupándome por cosas que no me deberían haber preocupado. Hoy en día, no. Hay otros sistemas. Internet es una bendición divina: lo que ha pasado con las discográficas, que se dedican a gimotear por sus pérdidas y a comerse los mocos, pasará con las editoriales algún día. Tal vez yo no lo vea: quiero creer que sí.
No os preocupéis: vais a leer la novela. Si queréis. Y antes de la fecha en la que hubiera salido en la editorial (octubre). Nos vamos a Lulú, señores. Disculpen las molestias: hace dos años que podríamos haberlo hecho. Y nos vamos a Lulú sin percibir un duro, que vais a pagar sólo la imprenta: paso de beneficios. Quiero que os salga lo más barato posible. Podréis hacer la cuenta. Os regalo el libro. No quiero ganancias. No lo cuelgo en PDF porque leer en pantalla es mortal. Lo podréis leer en papel, tranquilamente. Venderé cuatro y lo sé. Pues vale. Me la suda. Si no lo leéis, será porque no os dé la gana comprarlo por internet, que ya sé que da miedo, nos roban los números de las tarjetas y se comen a los niños malos, sí. Y el baileys con cocacola se convierte en cemento. Ya vale de leyendas urbanas.
Y una vez que lo hayáis leído y yo me quede tranquilo, podré volver a escribir. Que es lo único que me interesa. Escribir, y que se me lea. Porque no tengo ninguna intención de vivir de esto.
He chillado muchas veces que quería ser profesional.
Pues ya no quiero. Porque la ilusión es para los novatos, y no pienso permitir que me la arranquen. Ya me han destrozado bastante. Quiero ESCRIBIR. Ni más, ni menos. Así que me declaro, con la cabeza bien alta, DILETANTE. No profesional. Nunca. Porque no me da la real gana.
Hubiera preferido reabrir la bitácora de otra forma. Diciendo que lo tendríais en las tiendas en octubre. De verdad lo hubiera preferido, pero no podía firmar ese contrato. Os he contado menos de la mitad: son diecinueve cláusulas, todas igual de lógicas y adecuadas. NO PODÍA. Y lo he visto tan cerca, joder, tan cerca... Después de un año, permitir que todo acabe así, dios mío... Disculpadme que chape por hoy, porque, a pesar de todo lo que he dicho...
He aquí un artículo más de vuestra categoría favorita: ¡sí! ¡Crítica literaria! ¿Cómo? ¿Que os aburren estos posts?
Mala suerte. A mí me encantan. Son comodísimos de escribir y voy con prisa: estoy teniendo una semana jodida —más detalles, cuando haya tiempo—; además, los libros engullidos y mascados se acumulan sin ser puestos a caldo, mientras que las novelas por leer crecen y crecen, se reproducen entre ellas y amenazan con exterminar a la fauna autóctona (en este caso, mis perros, que duermen al lado de las pilas de libros).
Sin más dilación, pasemos a las subcategorías de siempre: novela, cuento, no ficción, miscelánea y MIEEERRRR... Explicaciones luego. Iremos a velocidad absurda como en la peli de Spaceballs, para variar.
¡Veámoslo otra vez! ¡Nunca me canso de esta escena!
NOVELA
Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline
Da mucha vergüenza admitir que no leíste Viaje al fin de la noche antes de los treinta años. Con las mejillas teñidas de rubor, te pones ante Céline, lo abres y luego se te cae de las manos y te caes tú detrás. Pero de rodillas. Es bueno. Es más que bueno. Es GENIAL. El traductor, menos, aunque se le admite el esfuerzo. ¿De qué va? La verdad es que no importa, pero trata de guerra, de medicina y de pestilencia cotidiana con una prosa entrecortada, chillona, atropellada, escrita a patadas y tijeretazos, escupida, sucia, repugnante: hasta las hojas huelen mal. Te lees esta obra maestra atragantándote del asco, conteniendo los vómitos. Es difícil de explicar. Es un libro de tripas y de casquería pringosa, y eso que los personajes suelen ir cubiertos por esa extraña membrana protectora que denominamos “piel”. Los vemos a través, con los rayos equis de la pluma de Céline, que los rompe, los desmigaja y nos enseña lo que somos: mierda apestosa, un embutido de heces y posos que provoca náuseas. Bajamos con Céline y su extraordinario sentido del humor —negro es decir poco— hasta el fin de la noche y hasta el fondo de la condición humana. Es difícil leer este libro; mucho más lo es superarlo.
Por cierto, Céline se hizo nazi después de escribirlo. Tranquilos: no hay nazismo en la novela. Hay nihilismo crudo y visceral: Céline detesta a todo el mundo por igual, sin hacer distinciones de razas, cosa que está muy bien. Luego le vino el éxito, se volvió gilipollas y hubo unos judíos que no le quisieron estrenar un ballet (seguro que porque era una horterada). Algunos se deprimen cuando el mercado conspira contra ellos: otros se hacen nazis. Me sorprendió mucho el dato político —no tenía ni idea cuando agarré la novela porque soy analfabeto, y si lo hubiera sabido posiblemente habría salido corriendo en dirección contraria al grito de “¡arreniégote!”, perdiéndome así una cumbre de la narrativa universal—. El final lógico para este autor hubiera sido liarse la manta a la cabeza, declararse anacoreta y alimentarse de sus propias uñas reblandecidas en la orina caliente o volarse la cabeza mordiendo una granada de mano. Hacerse nazi, no. Pero que le jodan al autor: lo que importa es la obra. Y es horrorosa, tremenda. En el buen sentido.
El Viaje al fin de la noche está recomendado para suicidas en potencia que quieran colaborar a la extinción de la especie y dejar así el planeta más limpio. Da el empujoncito.
Azul casi transparente de Ryu Murakami.
Yo qué sé. Anagrama es garantía de calidad, singularidad y pijotería contemporánea, ¿no? Pues no siempre. Si te pillas este libro porque es de un japo y te va lo exótico y quieres ver qué cosas tan originales se hacen en la otra punta del mundo... pues vas de culo y cuesta abajo. Es un Historias del Kronen de un montón de niñatos que se ponen hasta arriba de drogas y alcohol, pero en lugar de hacer estómago con unas bravas se meten unas tapitas de bolas de arroz u oniguiris, harto más elegantes, que vienen a ser esto:
... la cara es opcional.
¿Valoración? Prescindible. Se deja leer. El lirismo es bonito; no está mal escrito. La trama resulta bastante tonta. No pasa nada. Lo mismo es que eso es muy postmoderno y yo sin enterarme.
La sombra del pájaro lira de Andrés Ibáñez.
Pero qué bueno es Ibáñez. Y qué cobarde, a veces. ¿Por qué? Por permitir que le casquen en contracubierta este párrafo:
“A pesar del tono ligero, la prosa transparente y musical, la frecuente aparición de la sorpresa y los elementos de literatura fantástica, La sombra del pájaro lira es una obra iniciática, un detallado viaje de búsqueda interior. Por debajo de las historias de hadas y de espadas, de magos y dragones, de naves y mansiones, se desarrolla una exploración sobre la naturaleza de la conciencia y una precisa reflexión sobre temas como la memoria, la identidad o el yo. Excelente como novela de aventuras y de intriga, constituye también una defensa de la imaginación como forma de inventarse a sí mismo”.
¿Cómo que a pesar de? Señores, ¿hacer literatura fantástica qué tiene de malo? ¿La literatura fantástica impide realizar un texto de trascendencia universal?
Y una mierda.
La sombra del pájaro lira es, de la página 11 a la 126, el mejor libro de literatura fantástica juvenil que he leído en mi vida después de La Historia Interminable. De verdad. La prosa es simple, cantarina, evocadora, sin puntos suspensivos —demos gracias al señor—. Tiene un rey con su corona, una mujer que se transforma en dragón y huye a las nubes, un príncipe hastiado. Los personajes viven en el Instante Eterno, donde no trascurre el tiempo, pero Adenar se aburre como las princesas de los cuentos. Hay insectos en su Memoria, en los maravillosos castillos imaginarios que todos los habitantes de Amaula construyen en su cerebro y visitan en la vigilia para observar y clasificar sus recuerdos —aquí resuenan ecos de los palacios de la memoria, de los teatros de las ideas: es tan viejo como el mundo el mitema y, por ello, auténtico—. Adenar está triste: todo le parece ya visto y vivido. Deja de estar enamorado. Parece observar el movimiento del tiempo. Ha perdido su alma y para recuperarla debe emprender un viaje... a otro planeta.
La cagamos. Antes de eso, digámosle adiós a la fantasía con las palabras de Ibáñez:
—Despídete de tu padre —dijo Galadar.
Adenar se acercó a su padre y ambos se abrazaron con fuerza un largo rato. A Adenar le sorprendió comprobar que su padre estaba temblando de pies a cabeza.
—No olvides quién eres —le dijo el rey Leopoldo cuando se separaron, todavía sosteniéndole por los brazos—. Eres Adenar, príncipe de Amaula, hijo del rey Leopoldo y de la reina Margolis. No tengas nunca miedo, y haz siempre lo que te diga tu corazón.
—Nunca olvidaré quién soy —dijo Adenar.
—Y si alguna vez la que amas te cuenta que se ha convertido en un dragón, no lo dudes un instante y síguela a las nubes.
El rey le miró a los ojos durante unos instantes, intentando controlar el temblor de sus labios.
—Cuando estés perdido, cuando te sientas abandonado y solo —le dijo entonces con una voz muy suave que Adenar nunca le había oído antes—, entra en tu interior y busca un sol que brilla más allá de la memoria. No puedo decirte más.
Es precioso. Una belleza lírica de las que te devuelven a la infancia, de las que te humedecen los ojos y te ponen tonto. Pero Adenar olvida: el comienzo de la novela es en un manicomio, y lo que cree haber vivido está ya escrito en un cuento de hadas muy popular entre los niños —entre los cuerdos—. Por desgracia, no es un manicomio de nuestro planeta, sino de un mundo paralelo fantástico al que ha llegado en una especie de bola feérica (?) y se pierde en subtramas que a nadie le interesan: un niño que monta una tigresa, una pija subnormal, una universidad, una casa misteriosa, una secta....
Yo lo hubiera hecho de otra manera. De hecho, no sabéis cuánto me jode, porque creo que esta novela podría haber sido un clásico de la literatura infantil y juvenil —a la altura de El Principito—, y no lo será nunca.
¿Cómo lo hubiera hecho yo, que como todos sabemos soy la polla en bicicleta, autor consagrado por cuya novela todas las editoriales se pelean?
Je.
Adenar está en un manicomio en el libro de Ibáñez. Y lo estaría en el mío. Pero no en el de un planeta CLAVADITO al nuestro, en el que todo sucede igual, con cierta distancia irónica candorosa que permite que el director de la loquería se llame Mirmidón Aguanópulos. No. Adenar estaría en un manicomio de la Tierra. Y posiblemente de Madrid, ya que conozco mejor esta ciudad que Seatle o Tombuctú y me parece gilipollesco ambientar la acción en la quinta puñeta para utilizar nombres extranjeros, que molan más, por aquello del caché y el superestrato, que todos sabemos que un héroe no se puede llamar Jaimito, que no es cool y parece el del chiste tan patrio y tan rancio, pero sí Jimmy —qué elegante, como el amigo de Supermán—. Examinad el 90% de los libros en castellano de subgénero y no tendrá ninguna gracia lo que he dicho: que la verdad duele.
Adenar vendría de Amaula, su mundo fantástico, sí, y lo recordaría leyendo los libros de El Cuento de Adenar, igual que en la novela de Ibáñez —que en La Historia Interminable— haciéndole pensar que su planeta maravilloso es mentira. Y por ahí seguiría yo, y no me sacaría de la manga una nave espacial. Y desde luego, no acabaría con niueich. Vade retro.
El libro se diluye, pierde interés, se le va de las manos. Acaba en autoayuda lamentable, a la manera de un Coelho o un Caballero de la armadura oxidada. Mete Ibáñez el hinduismo de Bollywood y de cocacola light, sin azúcar, sin cafeína y sin lingotazo de whisky: ñoñería tras ñoñería para degustar entre los estantes de una tienda esotérica. Vale, que sí, que todos sabemos que el chico salió del armario y le dio por pregonar que tenía un altar a Ganesha, pero una cosa es tu creencia y otra muy distinta tu novela. Que tú seas hinduista no significa que tu libro tenga que serlo, y más cuando no pega ni con chicle. Por ejemplo: yo soy politeísta y mi libro no va de... Vale, yo no valgo.
Pero Ibáñez es y será de los grandes. A ver si le da de nuevo por demostrarlo.
Recomendado: hasta la página 126, maravilloso. Después, no.
Hay que ver la de libros que nos quedan por destrozar, la de egos que esperan su pisoteo inmisericorde y se sacuden de ganas con la vejiga llena de ínfulas, guardando su sitio en la fila, cambiando el peso de pie a pie.
Ahora que los contemplo, me permito una venganza en miniatura: me voy a mear, que me llevo conteniendo una hora para no perder el hilo, y luego a dormir. Mañana será otro día. Ellos han publicado: yo no. Que se jodan y aguanten.
El 28 de enero del año 2000 el personaje de Álex conoce a Verónica en el Phobia y se la tira.
Así comienza Politeísmos. No con esa frase, sin duda (aunque tendría su gracia, ¿no os parece épica? Mucho más que la auténtica, “Pidió un tercio y encendió un cigarro”; que menuda sosería de principio, ya fosilizado, claro). El 28 de enero ha pasado; hasta el 24 de marzo, que es cuando termina la acción del libro, nos quedan dos meses cuajaditos de efemérides. Los celebraremos a medias, ya que no podemos desvelar la acción porque, como bien sabéis, no hemos publicado todavía y está feo sacudir a spoilers. Aquí publica hasta el gato antes que uno. Todo el mundo publica. Todos los que son alguien. Yo no soy nadie ni falta que me hace.
Algunos llevamos el fracaso en las venas. Lo traemos escrito en la frente.
Estoy tirando mi vida por el retrete. Claro, luego me quejo si se atasca el desagüe, y chillo que no quiero ser mayor, que quiero ser pequeño, quiero que llame otro al fontanero, no yo, yo me quiero largar al parque a darle patadas al balón y a merendarme la nocilla y el mundo entre dos rebanadas de pan de molde. Yo quiero huir, meterme en mis ficciones, ser un detective, un espía, un astronauta, un policía, un ladrón de guante blanco, un fantasma, un extraterrestre un superhéroe un licántropo. Un escritor, que es todos ellos. Y no puedo.
Porque sigo con depresión, claro. No quiero ir al curro. No quiero levantarme a las siete de la mañana. Ni siquiera quiero levantarme. No quiero limpiar ni cocinar ni comer. Pero yo me he hecho mi plato y ahora tengo que tragármelo, aunque se haya quedado helado y parezca un emplasto con grumos. Al microondas va, y a seguir escribiendo posts recalentados hasta que venga la noticia crujiente de la publicación, si es que viene. He escrito una novela; creía que saldría YA y se retrasa hasta límites que me obligan a considerar si debería dedicarme a otra cosa, y dedicarme en serio, para llegar reventado por la noche y freírme ante el televisor, salir los fines de semana, emborracharme como actividad social —nunca más solitaria—, y dejar de pensar. Pasar a ser gente. Como todos. Olvidar que tengo un don, el puto don de evadirme y de contarme historias, y sentir que son más reales que las que me pasan, y vivirlas a lo bestia, de la forma en que no vivo mi vida, que a nadie le interesa. Y a mí, al que menos.
Quiero follarme otra novela, otros personajes, otros mundos. Politeísmos y yo hemos acabado. Tengo que rehacer mi vida. Pero ah, aún la tengo aquí. Me manda mensajitos al móvil. Me dice que me echa de menos. Que lo nuestro aún funciona. Que deberíamos darnos otra oportunidad. Que no me rinda tan pronto. Que fuimos muy felices. Que aún podemos serlo. “Álvaro, por favor”, gime, y no soporto ver llorar a una novela adulta, hecha y derecha, “si me publicas, volveremos. Será para un mes tal vez, para dos, pero volveremos. Follaremos igual que follábamos, con nuestros mismos juegos. Follaremos como bestias, como animales. Serás otra vez el lobo que eras, y dejarás de ser un perro doméstico, amansado por el mercado y el tiempo. Me compartirás con muchos —sé que eso te pone, pedazo de enfermo—. Podréis hablar de mí, de mis mejores posturas, de mis encantos secretos, de mis problemas, de mis curvas argumentales y mis turgencias, de lo mal que la chupo en el primer capítulo, de cómo sorprendo en el cuarto, cómo me lo curro en el séptimo, cómo te llevo al orgasmo en el décimo, y a partir de ahí no lo dejo, salvo anticlímax diversos... Álvaro, aún nos queda lo mejor. ¿No me crees? Mírame. Mírame a las letras y dime que me odias. Escúpemelo a los párrafos que tanto acariciabas hace un año, pasando los símiles, los zeugmas, las enumeraciones, con la punta roja de un pilot, trazando un hilo fantástico, imaginario, que a veces se volvía nítido, para eliminar a golpe de cruz y de vistos y carcajadas, como si fuera el examen nefasto de un alumno, la metáfora, la adjetivitis, la catacresis, lo que dolía, lo que sobraba, lo que me impedía crecer; y lo hacías con rabia dañina, con soberbia de creador, como si yo fuera tuya, sólo tuya, para nadie más, y quisieras sacar de mí mi mejor yo, igual que decía Salinas antes que los libros de autoayuda... Sé que ya me detestas. Te dices que soy demasiado juvenil para ti, que ya tienes treinta tacos, que no estás para perder el tiempo en lolitas con la cabeza llena de fantasía y de pájaros azules, tan propios de otra época, Álvaro... Que ya no somos románticos, ya no somos modernistas. Nunca lo fuimos, ¿te sirve? Estuvimos saltando desde el colchón del hiperrealismo al del mito, dando volteretas, enlazándonos como cobras, retorciéndonos en la fantasía convencional, buceando en la bañera de la narrativa de metro, de parada de autobús, de evasión barata, para salir, siempre, para llegar más lejos... Pero tú ahora te convences de que soy mala, mala con avaricia, y demasiado amable al tiempo, porque no incomodo, no destruyo, no hago sufrir lo suficiente..., y así me haces prostituta y santa —qué típico, Álvaro, qué típico—, dices que no te convengo, que soy poca cosa, que soy fea, simple, igual a miles de millones, que no aporto nada, que no soportas ni mirarme, que estoy mal hecha, aunque mi simetría sea perfecta. Odias aquello de mí que antes amabas, como siempre sucede. Álvaro: te equivocas. No soy tuya. Dejé de serlo en cuanto me escribiste la última palabra en los muslos, apretando con las uñas en la piel seca y rosada, y dejaste tu nombre en un rastro de carne blanca. Me firmaste entonces. Lo hubiéramos hecho con sangre y cuchillas —nos hubiera gustado, ¿no es cierto?—, pero lo hicimos con los dedos, con las teclas, con la tinta, por aquello de los tópicos gastados. Y aquí estamos. Tres años, Álvaro. Pronto se dice. Dos años de desencuentros, uno de encuentros siempre en la pantalla, a cada minuto, al otro lado, de buscarte mientras trabajabas, mientras salías a comprar, mientras viajabas, mientras veías a tus amigos y a tu novia, y no fui feliz hasta que te aparté de todo, Álvaro, hasta que te tuve sólo para mí, hasta que te quedaste en el paro y completamente solo, y no te importó, te dio lo mismo, porque sólo yo era real, sólo yo era verdadera, sólo entre mis páginas pasaban cosas ciertas. Y ahora, me tiras. Ahora me desprecias. No es culpa mía, Álvaro. Nos ha pasado la vida por encima como un coche, nos ha aplastado la realidad, ha conseguido que odies los centros comerciales, las librerías, los autores, las presentaciones, las publicaciones de crítica, los suplementos culturales, el olor a limpio de la imprenta, las cubiertas satinadas y brillantes, las voces de megafonía que anuncian las sesiones de firmas: hasta los libros los odias, Álvaro. Hasta la literatura. Lo sientes todo como el tinglado de una gran farsa a la que tú no estás invitado, porque eres de los pocos que van de calle, que no van disfrazados, que saben lo que quieren, que no se amoldan, que no cambian, que no pasan por el aro del concurso, de la carrera de fondo, de la persecución al autor consagrado. ¿Tengo yo la culpa de lo que ha pasado? Álvaro; sólo soy una novela. ¿La primera? La primera publicable, la primera que importa. Las demás fueron pruebas, proyectos, manoseos en los rincones de un garito, cogidas de manos en el cine, besos blancos. Tú y yo hemos follado. Nos quisimos. No puedes echarme a patadas porque estés cansado. Cuando me hayas usado, cuando ya no sirva, cuando te canse de veras, no me dejarás tú: me iré yo sola, a tirarme a lectores que no conoces, que no quieres conocer, que no conocerás nunca, porque si los conocieras, ya no serían lectores: serían amigos, te leerían por compromiso, y eso no te interesa. Lo hermoso, Álvaro, lo bonito de esto, es que a ellos no les importarás ni lo más mínimo, les importaré yo, sólo yo. Te criticaremos por las noches, nos reiremos de ti y de tus perversiones, compartiremos la cama, un bol de palomitas calientes, una bolsa de pipas de calabaza, un cigarro, una mesa, un sillón, un banco del parque, un asiento del metro; me meterán el flexo hasta el fondo, me atravesarán con los dedos, explorarán los rincones húmedos por los que tú te hundiste dejando tu huella. Follaremos de todas las formas posibles, en todos los sitios que imagines, y tú no estarás allí. Estarás con otra, y me habrás olvidado, como yo te olvidaré, porque tendré otros, otros que me entiendan de una manera distinta; ni mejor ni peor: diferente. Entonces, pasaremos página. Tú me cerrarás para siempre, y seguiremos creciendo. Solos, cada uno por su lado. Pero no ahora. Todavía no. No puedes. Me tienes presente, cada minuto del día y de la noche. Álvaro: asúmelo. Aún me quieres”.
Y lo que me jode es que la muy puta tiene toda la razón.
Durante estos meses de parón me he dedicado a varios de mis hobbies. Uno de ellos es pudrirme en mi propia salsa y detenerme luego a probar el guiso con la punta de la cuchara; el otro, hacer cubiertas para mi novela. No tengo más aficiones que ésas, salvo correr con mis perros, fumar como un carretero, beber más de lo estrictamente recomendable en periodos de bonanza económica y automutilarme. Ah, y follar, claro. Pero llevo tanto tiempo sin meter y sin salir de casa que veo lógico que se me olvide la única actividad en equipo que no me desagrada.
Todos los que me seguís sabéis que llevo jugando a diseñarme la cubierta de mi novela desde que terminé la primera parte, más o menos allá por junio de 2006. Nota al pie, glosa y apostilla: mi libro es único. No es una trilogía, pentalogía ni heptalogía. Más bien es un tándem de “vamos dos pedaleando y así nos la pegamos juntos”. En la MISMA bicicleta. Politeísmos es UNA novela, pero cuenta dos historias, que suelo denominar cariñosamente “arcos argumentales”. Abomino de la gente que no sabe decir lo que quiere en una estructura única, y detesto a los que continúan chupando del bote con unos personajes que ya resultaron flojos y patéticos en un primer libro, pero los estiran para veinte continuaciones porque no se les ocurren otros.
En aquellos momentos de felicidad suprema, de creación desatada, definí las características que tenían que aparecer en la cubierta de Politeísmos a partir de lo que había dentro, para que no me cascaran una portada azul pastel con cintas rosas y un lobo feroz ahorcado con tanto lazo. Examiné mi libro, lo mastiqué y escupí tres espinas: lucha del individuo contra el sistema narrada como fábula de la domesticación del lobo en perro; ambigüedad entre la fantasía y el realismo y góticos dando saltos, mitema de enorme interés este último, que sirve para aliñar la ensalada de tópicos.
Así que en cubierta tenían que aparecer tres cosas: un gótico, un lobo y una ciudad, por motivos obvios. Tenía que salir un siniestro porque es la parte de mi novela que responde a la narrativa juvenil, pero no podía aparecer muy destacado para que no me confundieran con un Historias del Kronen para oligofrénicos de negro, ya que el ambiente gótico es el atrezzo, y nada más que la tramoya del cuento. Tenía que aparecer el elemento fantástico, un lobito en este caso, porque todos los personajes tienen divinidades dentro y el libro no deja de ser un manual de totemismo hecho novela, PERO de nuevo el canis lupus lupus no se podía zampar la cubierta, ya que engañaría a mi lector haciéndole creer que va a tragarse un libro de literatura fantástica común o un episodio de Pokemon en que los personajes entrenan a sus divinidades interiores y luego las lanzan contra sus enemigos mientras suena una banda sonora flipada. Lo que tenía que merendarse el papel satinado era la ciudad, el ambiente urbano. El libro es chamanismo contemporáneo. A secas.
Medité mucho cómo unir los tres elementos. La ciudad, consideré tras arduas deliberaciones, debía ser el paisaje —uoooh, me rompí el cráneo—. El personaje tenía que ser gótico y reconocible como tal: las botas New Rock resultaban imprescindibles. El lobo debía estar unido a él de forma elegante y comprensible al primer golpe de vista. Sólo había dos opciones: o era su reflejo o su sombra. Voté por la última porque técnicamente resultaba más sencillo y porque hay un juego con las sombras en el interior del libro.
Y me puse manos a la obra.
1
Y cuando vi el resultado me eché a llorar.
“No pasa nada”, me dije. “Esto es porque eres un inútil con el photoshop, pero la idea es buena. Estira un poco al chaval, que tu personaje es el espíritu de la golosina y éste tiene una atlética y saludable complexión que le acerca peligrosamente al sobrepeso en el mundo siniestro —y eso que sacaste al modelo de un catálogo de ropa gótica—, monta mejor las capas, haz una sombra que parezca un lobo y no un muñeco de la disney”.
Así lo hice.
2
Y me quedé más a gusto que un arbusto, considerando mi cubierta insuperable y magnífica, a la par que interesante y comercial sin ser típica. Esta ceguera se vio potenciada cuando una persona del mundo editorial me dijo que era estupenda y reflejaba a las mil maravillas el interior del libro. Claro. Se refería a la IDEA. No a la técnica. Por suerte mis lectores acudieron al rescate, me llamaron cutre y me dijeron que hiciera el favor de dedicarme al macramé y dejar el diseño para los profesionales, que los animalitos también tienen que comer. ¿Les hice caso?
Nunca.
Primero intenté arreglar mi cubierta pasándole filtros para que dejara de tener esa calidad ínfima de nebulosa y foto movida, consecuencia de haber montado imágenes de un tamaño minúsculo y haberlas estirado.
Los resultados fueron hilarantes.
3
Luego consideré que tal vez tomando una foto real con una cámara de verdad y montándola pudiera mejorar la escabechina. No os pongo el resultado porque salgo yo —de espaldas y con la cabeza cortada por lo que sería el filo superior del libro—, así que la borré ipso facto de mi disco duro con las mejillas encendidas, ya que me ocasiona un enorme pudor eso de que figure el autor en la cubierta, digno ni más ni menos que del baby boom de Ray Loriga y los demás krónidas, que suena de lo más homérico pero sólo se refiere a la literatura basura que continuó la triste estela de la generación X y José Ángel Mañas.
(También me produce vergüenza que salga la jeta del autor en el interior del libro. La puta era de la imagen se puede comer con patatas la promoción del escritor como si fuera una estrella de cine: no es para mí, que soy muy feo, no salgo de casa, soy misántropo y un cocodrilo me comió la cara.)
A esas alturas me cabreé y me dije: “Álvaro, joder. piensa con la cabeza que sueles cortar en las fotos. No me creo que seas incapaz de diseñar tu portada”.
Tiré a la papelera todos los bocetos y me puse de cero. Pedí ayuda y cámara a mis colegas, les dije que tomaran fotos urbanas, con mierda, basura y grafitis. Pensé comprar una silueta de madera de lobo para plantarla en una calle y fotografiar la sombra real. Puse a posar a mis perros contra el muro de la terraza, tras haber diseminado el suelo de litronas y colillas. Me pegué un tiro en la boca y decidí que la pared manchada de sangre no quedaba mal del todo en portada, junto con mi cabeza reventada.
Me di cuenta de que yo no valía para la fotografía.
Para salvar el día —horrendo anglicismo— The Watcher me obsequió con la mejor cubierta posible, que contenía los tres elementos: un gótico, un lobo y mucha mierda por el suelo para dar ambiente urbano.
Siiiiií, es una alfombrilla de ratón con un lobo cursilón. No, no es mía. A mí que me registren. Yo uso un tablero de ouija; está garantizado que el ratón se moverá por encima. Y no, no es que el muñeco esté empalmado. Se supone que lleva un colmillo (¿de dinosaurio?) al cuello (¿al cuello?). Sin comentarios... ¿Habré leído demasiado a Jotacé?
No me satisfizo su propuesta, pero al menos me dio el click, que descansa en mis estanterías junto con el peluche que me regaló otra amiga y la tartera de Mi Dios Interior. Por merchandising de mi novela que no quede. Eso me hizo feliz, sin duda.
Pero seguía sin portada.
Hace cosa de un mes tuve un gran día. Estuvo relacionado —evidentemente— con buenas noticias sobre la publicación, que luego se pincharon, para variar. Pero me emocionó tanto el suceso que de golpe hice una cubierta en menos de tres horas, febril, entre carcajadas de júbilo y copas para celebrarlo. Alcoholizado diseño mejor porque me sedo y no me tiemblan tanto las manos. Contempladla:
4
A mí me parece la hostia. Y sí es profesional, a diferencia de la clásica que ya todos conocíais. Luego me deprimí, porque me di cuenta de que las portadas simbólicas son típicas de la narrativa infantil y juvenil de Anaya y, a pesar de que yo considero que mi novela es para chavales, nadie más está de acuerdo conmigo porque es bastante burra y porque casi todos los lectores del Comité de Corrección de Primeras Pruebas frisan los treinta tacos y les gusta. Ya haré encuesta de target cuando salga a la venta. No importa.
Importa que la cubierta se da un aire a éstas, que son para niños de quince años:
Todas mezclan fotografía con silueta. Todas tienen el fondo en blanco. Invertí los colores para ver si la mía resultaba más adulta, más gótica y atormentada...
5
... dando como resultado que no se veía un carajo.
Le puse el suelo blanco para destacar más la silueta.
6
Y el diseño claro y efectivo, muy llamativo, se fue a la real mierda.
Le añadí una textura de pergamino entonces...
7
... y no me gustó nada.
Regresé a la anterior. No me convence que el fondo sea blanco, inocente y cándido, pero creo que el diseño lo pide, por puro contraste. Le añadí una caligrafía más torturada. La contemplé arrobado durante horas. Me hice una paja con ella y decidí que no iba a tocarla más o me la cargaba: lo mismito que con la novela. No os la había enseñado hasta ahora porque, como ya sabéis, estoy en el Real Limbo del Mercado de Libros. Y sí, mandé mi cubierta vía mensajero a la editorial. Y sí, les gustó. Mucho, la verdad, aunque consideraron que era muy irregular que el autor se hiciera su propia portada. Y no, no me han dado respuesta definitiva. Ni de la cubierta ni del libro.
¿Hay alguien al otro lado? ¿No queda una sola persona en el planeta a la que le importe que se publique mi novela? ¿Todos habéis olvidado hasta el título? ¿Hablo con el techo? ¿Estamos solos? ¿Sí?
Perfecto.
Ahora que he perdido toda mi credibilidad y mis lectores, actualizo “de mentira”. Digo “de mentira” porque no hay noticias sobre la publicación de Politeísmos y porque nunca sé con qué romper el hielo tras una ausencia prolongada, así que voy a subir una estupidez. Y digo “de mentira” porque sí las hay, de todo tipo: buenas, malas, mediocres, solas, cortadas y con una nubecita de leche; al gusto del consumidor. Y me las tengo que callar, porque yo no sé quién me está leyendo —¡hola, mamá!—. Internet te permite decir lo que quieras sin filtro alguno. Eso es bueno, claro. Y es malo también, sobre todo si tienes la boca tan grande como yo, y cada vez que te muerdes la lengua te envenenas. La censura es mala; la autocensura, peor. Te hace sentirte más miserable, más adocenado, más viejo, traicionero e infinitamente más burgués. Pero son las reglas del juego, y no os voy a contar lo que está pasando con el libro. De momento.
Dejémoslo en que las cosas se pueden retrasar, se pueden torcer y se pueden ir a la mierda. Y durante el proceso —kafkiano, siempre— no hay que abrir el pico, por si se enderezaran milagrosamente. Aunque la bilis se te atraviese en la garganta, te callas. Y quedas como un imbécil. Lo sé.
Cuando yo era un muchacho joven e impresionable que acaba de conseguir un rechazo editorial de éstos que se cuelgan en la pared, recibí el comentario de un escritor que me felicitaba por haber logrado una respuesta (negativa) de la editorial Alfaguara. Eso me sorprendió; creía que contestaban a todo el mundo. No, no es así, claro. El escritor en cuestión me comentaba que él había tardado siete años —¡SIETE!— en publicar su libro. Recuerdo perfectamente que pensé entonces: “Pues qué mala debe de ser la novela para haber tardado tanto”. Gilipollas de mí, subnormal, cretino. Entonces no sabía nada: ahora menos, pero estoy más maleado, más curtido y más harto. El mercado todopoderoso no se arriesga por nadie, y no importa la calidad. Es lo que menos importa. A ver si nos enteramos: somos el proletariado cultural. Sólo escribimos. Los demás son los importantes. Son los que deciden, cambian, modifican, cortan, pegan, joden la obra y la adaptan al gusto del público hasta que no la reconoce ni el que la parió, la imprimen, le ponen cubiertas duras y blandas, la dan de alta en el ISBN, la reparten en cajas, la colocan y la publicitan. Más pagan, más venden, más cobran, mientras el autor pide permiso hasta para respirar y sigue las instrucciones como un perro adiestrado ante el clicker, y se sienta con el sit, se tumba con el platz, da la patita y siempre, siempre, menea la cola y da las gracias. Cualquier editor considera que su labor consiste en el 50% del libro —a lo cual suelo responder que nunca he visto una novela con las pastas tan gordas como el contenido—. El escritor es la mano de obra barata para la formidable maquinaria de venta de libros, que no de literatura. El autor no es ni el obrero, es el ladrillo. Están para usarlos en la obra y pisarlos luego. Somos muchos. Somos demasiados para los pocos lectores que hay.
Aquel escritor que tardó en publicar siete años hablaba de esperas agónicas, comidas de oreja y prepucio que acababan en gatillazo, fraudes de empresas, precontratos que te rompen en la cara y de toda la basura que pringa los limpios suelos de nuestro limpio mercado cultural. No mentía: puedo firmarlo. Esa mierda se te va quedando pegada a los zapatos y te impide avanzar. Te niega la creación, te mata todas las ilusiones. ¿Para qué escribir si nunca va a salir el texto de tu ordenador? Incluso, ¿para qué vas a hacerlo si cuando consigas que se publique —en el mejor de los casos— habrán pasado tantos años que ya te parecerá mediocre y te avergonzará, porque has mejorado, lo has superado, lo has leído tantas veces que lo detestas? Sí, claro que escribes porque tienes algo que contar. Excepto cuando te hundes. Entonces, no escribes nada.
Ahora llega el momento en el que endulzamos este post tan amargo.
Esto es un roscón, para los que vivan al otro lado del charco. Se trata de un dulce típico español del seis de enero que consiste en un bollo duro como el granito, tremendamente empalagoso, azucarado hasta la náusea, decorado por almendritas que te rascan la garganta hasta que expulsas el esputo, frutas escarchadas que se pegan a los empastes y una sorpresa de cerámica idiota dentro que, si das un bocado grande, te parte las muelas. Se consume con chocolate caliente para disimular su sabor.
El otro día mi hermana me trajo un roscón y una tableta de chocolate a la taza. Reyes ya había pasado: poco después los ponen en oferta, de forma que se potencia su agradable textura de bloque de hormigón. Mientras deshacía dos onzas en el microondas y estaba a punto de derretir el taper de plástico antes que el chocolate, se me salía la leche del cazo, dejaba una orla de cacao apestoso y quemado en el fondo de aluminio, partía el roscón con el mango de una cuchara y me cargaba el muñequito de cerámica que se interponía en mi camino, hablamos. Me dijo:
“Estarás contento, ¿no?”.
Le dije que a veces, pero pocas. Me lancé a explicarle que es lo que tiene ser maniaco depresivo, deleitándome en los detalles más góticos y atormentados, tales como dedicar diez minutos a la contemplación de una cuchilla antes de afeitarte. Me cortó en seco; no entiendo por qué.
“Ahora que te has quedado sin amigos, sin vida social, sin lectores, sin bitácora y sin nada, estarás contento, ¿no?”.
“Sí”, dije yo. “Tengo a mis perros. Mueven la cola por mí. No se le puede pedir más a la vida”.
Ella bufó.
“Es que eres la hostia. ¿Y ahora? ¿Qué es lo siguiente? ¿Pedir baja por depresión en el curro y no volver a salir de casa jamás?”.
Se me iluminó la cara.
“Oye, qué buena idea. Como siempre estoy deprimido, no se me había ocurrido que fuera motivo de baja. Aunque tendría que volver al loquero, y eso va contra mi religión. Ya sabes que es muy estricta y si peco contra sus principios no tengo confesor que me absuelva, porque yo soy el fundador, profeta, gran gurú y único miembro. Hago las misas como un ventrílocuo con sus muñecos”.
Ella suspiró.
“Álvaro, llevas un año sin escribir”, dijo.
“He llegado a estar seis”, repliqué yo.
“Muy bien. Genial. Mira, tienes la cabeza cuadrada. Tiene que ser todo como tú dices, cuando tú dices y si no te enfadas y dejas de respirar. Es una maldita chiquillada, ¿sabes? Como cuando te cabreabas porque no conseguías completar los álbumes de cromos, porque los querías enteros, y los querías ya, y del cromo del pingüino con cabeza de teen wolf dependía toda tu felicidad y tu estabilidad emocional. Y cuando lo conseguías, no volvías ni a mirar el álbum porque ya no te interesaba, ya era demasiado tarde, ya no te hacía ninguna ilusión. Nunca, jamás entenderás que lo importante no es llegar a Samarcanda, sino recorrer el camino. Tienes a mucha gente dispuesta a hacer la ruta de la seda contigo, y te da igual”.
“Eso me lo has copiado”, le indiqué con resquemor. “Lo dije en la bitácora”.
“Es un tópico. No está registrado”.
“La verdad es que sí que lo está...”, rezongué.
Ella me mandó a la mierda y continuó exponiendo toda clase de anécdotas humillantes de la infancia que, por cuidado de imagen, no citaré aquí.
El licoesfenícico: un trauma freudiano aún no superado y compartido por muchos. Hubiera sido mejor para mi salud mental no completar jamás la colección, y dejar siempre ese sugerente texto sin la imagen que lo ilustra y lo destroza.
“Álvaro”, decía ella mientras yo rememoraba con placer los cartoncitos pintados que coleccionaba con siete años y ardía en deseos de buscarlos en alguna de mis múltiples cajas en cuanto mi hermana saliera por la puerta. “Estoy preocupada por ti. Estamos todos preocupados por ti. En serio... ¿Conoces a Kennedy Toole?”, me disparó a bocajarro.
Enarqué las cejas, creo, o hice otro gesto igual de flipado, tal como elevar la comisura del labio o fruncir el ceño. Hubiera salido corriendo al baño a mirarme la jeta congelada en el rictus para describirlo con total verosimilitud, pero no quise romper el clímax. A eso se le llama tener un buen sentido del ritmo narrativo. A lo que hago ahora transcribiendo esta chorrada, lo contrario.
“La conjura de los necios, ¿no?”, respondí. “Me gustó. El personaje de Ignatius es un crack: pocos tipos hay más hijos de puta y jodidamente antipáticos al lector a los que se les tome aprecio sin que de pronto ‘se vuelvan buenos’. Además es un puto arquetipo. Tiene que ser genial crear un arquetipo: da igual que sea el Quijote, la Celestina o Sherlock Holmes. Hay algo grande en los arquetipos. Hasta en James Bond. Arañan las tripas, tocan las cuerdas del arpa que llevamos en las costillas; nos hacen sentirnos entre dioses homéricos. Ignatius es un gordo cabrón, un cerdo con ínfulas al que se adora y detesta por igual en todas y cada una de las páginas del libro. Ojalá yo fuera capaz de hacer eso”.
“No me lo revientes, que no lo he leído. Suponía que tú sí. Yo conozco la leyenda del autor, claro”.
“¿Cuál?”.
“No me digas que no sabes de lo que hablo”.
“Pues no. Es que procuro conocer lo máximo posible de los libros y lo mínimo de los escritores. Les tengo algo así como alergia. Deberían lobotomizarlos a todos, o prohibirles salir a la calle. El día que desaparezca la figura del autor será el más feliz de mi vida. Haré una fiesta contra el paradigma romántico a la que yo, naturalmente, no estaré invitado, por capullo, por autor y por romántico. Que lo soy”.
Ella no me hizo ni caso. Se puso a recitar la mayor fuente de desinformación que existe: la wikipedia. Sospecho que se la empolló antes de venir de visita, pero eso es porque me gusta pensar mal de todo el mundo, y porque es lo que yo habría hecho en su lugar.
—Mira, La conjura de los necios tiene un Pulitzer. Todo el mundo la considera una obra maestra, ¿no? Pues Kennedy Toole fue de editorial en editorial recibiendo nos en todas. En una se entusiasmaron con el libro, pero en el último momento se echaron para atrás, saliéndole con excusas ridículas. Una de ellas, que su novela no trataba de nada. Era profesor y empezó a faltar a sus clases, a emborracharse, a pasar de todo. ¿Te suena? Se suicidó, claro, considerándose un fracaso con treinta y dos años... —a esas alturas de la historia, admito que yo miraba por la ventana con expresión soñadora—. ¡No sonrías, gilipollas! —me chilló ella—. ¡Se supone que la moraleja es al contrario!
“Sí, conocía el cuento”, comenté. “Y me parece cojonudo, ¿sabes? Tópico hasta la náusea. Pura literatura. Viva el paradigma romántico: suicídate para triunfar. Lo hacen muchos. Conocí a uno que lo hizo, ¿te lo conté? En Filología pasa; es una cantera de capullos. Ya te toparás con alguno. Éste que te digo hacía unas poesías que no valían ni para estamparlas en la puerta de un retrete, así que no ganó el premio al Genio Incomprendido del Año, sino al Pringado Que Dejó Sobre La Acera Un Cuadro Expresionista, pero él se creía muy grande. Pobre imbécil”.
Mi hermana meneó la cabeza. Me mostró los dientes en una sonrisa sarcástica.
“Ah, así que hay que ser bueno para hacer eso, ¿no? Sólo los genios pueden suicidarse. Nada, nada. Tú mismo. Pues mátate. Vas por buen camino”.
“Qué va. Estoy viejo para romanticismos. Estoy viejo hasta para suicidarme. Con dieciocho pensaba que me mataría a los treinta, después de haber publicado al menos cinco obras maestras que, naturalmente, no serían reconocidas hasta mi muerte, que mola más que triunfar en vida, tan burgués y acomodaticio. Irónico, ¿no? Qué daño nos hace todavía el romanticismo. Sólo es literatura. Sólo son libros. Pero sí, estoy llegando al límite. Por una novelita juvenil de fantasía realista con góticos dentro. Es tristísimo”.
Ella hizo acopio de valor y de aire.
“A ver, yo quiero que me respondas a una cosa, Álvaro. ¿Qué te parece La conjura de los necios? La verdad”.
Me tomé un tiempo antes de responder. Miré para otro lado. Me hubiera santiguado si fuera creyente, porque estaba a punto de soltar una blasfemia gigante.
“Sobrevalorado”.
Resoplé de alivio. Me temblaban las manos. Esperaba que cayeran del cielo las musas, Apolo y el Parnaso entero, todos a por mí, con Calíope encabezando el ataque, armada con sus tablillas para reventarme los huevos en medio, enarbolando el estilete y dispuesta a metérmelo por el recto, entre alaridos triunfantes de cabalgata de las valquirias.
“¿Pero es bueno?”, insistía mi hermana, hundiendo las uñas esmaltadas en la herida y buscando el perdigón para hundirlo.
“Sí. Sí, sí es bueno. Claro que es bueno. Pero... creo que tiene errores de principiante”.
Los dioses me perdonen. Continué hablando de personajes secundarios que desaparecían, que no se sabía bien qué pintaban, y de estructura caótica. No es una herejía tan severa como soltar que Cervantes repite sustantivos y verbos en un mismo párrafo, o que emplea más la conjunción que que lo que yo lo hago en la frase que estáis leyendo ahora mismo. Pero es grave, y merezco la muerte en la hoguera, cebada con libros de teoría de la literatura y prendida la llama por los académicos. Finalicé mi exposición con un “pero es muy bueno; es una pena que no siguiera escribiendo”.
La cara de mi hermana mostraba el más profundo triunfo. Hasta se relamía del gusto como una gata acicalándose. Me había llevado justo a donde quería. Y ahí me dejó, meditando.
“¿Crees que Politeísmos es lo mejor que vas a escribir en tu vida?”, me espetó.
Solté la carcajada.
“¿Politeísmos? ¿Politeísmos lo mejor que escribiré en mi vida? Politeísmos es una MIEERRRRRRRRRRRR...”
“Álvaro”, me interrumpió ella, repentinamente seria.
“¿Qué?”.
“Tus lectores”.
Pestañeé.
“¿Qué les pasa?”.
“Te están leyendo, ¿sabes?”.
Por supuesto, ella no dijo eso, ya que estábamos en mi casa, pringándonos de roscón, con churretes de chocolate en la barbilla y sin lectores presentes. A esto se le llama la técnica del “distanciamiento”, de la cual el puto amo es Bertolt Brecht. Sirve para marear al lector y recordarle siempre, siempre, que lo que lee es literatura. No verdad. Literatura. Ni más...
Ni menos.
—Mis lectores saben que estoy hasta la polla de mi novela —dije yo—. Fue uno de los motivos por los que cerré la bitácora. No estaba en condiciones de hacerle publicidad. Me la he leído cien veces —más, concretó ella— Me la sé de memoria. La detesto. Es como cuando te pones tu canción favorita en los cascos, y la escuchas una y otra vez. Acabas odiándola. La pasas. No quieres oírla nunca más en tu vida. Llegas a sacarle mil defectos. Piensas que es una puta mierda. ¿Sabes por qué quiero publicarla? En el fondo. La verdad. Quiero que se publique para darle una patada, encestarla en el váter y tirar de la cadena. Ahí es donde debe estar.
Ella se cabreó.
—¿Sabes lo que humillas cuando haces esto, y lo haces sin parar? ¿Sabes que me insultas, que insultas a los que te hemos leído? Álvaro: tengo criterio. No soy subnormal. No leo Los pilares de la tierra ni El código da Vinci. Estaba predispuesta contra tu libro porque lo habías escrito tú, porque eres mi hermano, porque se suponía que tenía que gustarme, tenía que animarte, que estar a tu lado. Y a las diez páginas daba igual quién lo hubiera escrito. Me metí. Simplemente. Mira; te lo digo: puede que sea mi libro favorito —ahí me entró la jactancia. Empezaba a hincharme como un pavo: la noria subía a velocidad de vértigo. Ella me vigilaba por el rabillo del ojo y me cortó el ascenso—. No, no lo pienso volver a repetir porque te conozco, y un minuto me dices que odias el libro y al minuto siguiente que lo amas, y al siguiente que ojalá nunca lo hubieras escrito, y al siguiente que lo único que quieres es que lo lean para poder contar todas las historias que lleva detrás en la bitácora porque te mueeeeres por hablar de tu libro, por hablar de él, por saber qué opinan los demás, porque en realidad no quieres hablar de otra cosa, y otra vez vuelta a empezar conque es lo peor y no le gustará a nadie, nunca, en el planeta, y todos los que lo hemos leído somos imbéciles o tenemos taras mentales, porque si no no se comprende que nos guste algo tan malo. PARA. Si vuelves a sugerir que tu libro es una mierda me enfado de verdad, ¿me oyes? Si dices que tu libro es una mierda dices que a mí me gusta la mierda. Así que te guardas el látigo para flagelarte cuando me marche, que no me gusta ver sangre. ¿De acuerdo? Lo que tienes que hacer es dejar de lloriquear y escribir. Creo que ya toca. ¿No te parece?
—No puedo —contesté, hundiéndome en el cuello de mi camisa y en toda mi goticidad.
—Claro que puedes.
—No, qué va. Estoy aún enfangado. Tengo que librarme del libro. No soy capaz de meterme en otro proyecto. ¿Sabes el esfuerzo mental que lleva esto? ¿La presión? Mira, yo soy como los perros. No puedo hacer dos cosas a la vez, porque la que hago me consume y me destroza. Estoy harto, harto de esto. Claro que quiero escribir; no te jode. No tienes ni idea de lo que supone para mí cerrar el pico y el portátil. Es como si me mataran por dentro.
—Pues actualiza la bitácora, al menos. Escribe algo. Lo que sea.
Bufé.
—Eso no arregla nada. Eso no es creación. No me dopa, no me afecta. Es un puto placebo.
—Los placebos funcionan. Escribe. Ya saldrá otra cosa luego. NECESITAS escribir. Te estás pudriendo. Te oxidas. Nada te interesa, y cada día menos. Cuando te pongas, te saldrá algo mediocre, te frustrarás y lo dejarás aún más tiempo. Tal vez para siempre. Y eso no es justo, Álvaro. Ya no para ti. Para los que hemos leído el libro, para los que queremos leer los que escribas en el futuro. Te quedan historias de sobra, y estoy segura de que van a ser mejores que la primera, porque si no, no las harías. ESCRIBE antes de que no puedas. No es como montar en bicicleta.
—Lo sé. Mejor que tú. Pero no tengo nada que decir. No me pasa nada. Nunca pasa nada. El libro no sale. No sé cuándo saldrá, si es que lo hace. Todo es decepción tras decepción y espera tras espera: estoy cogido por las pelotas y lo sabes muy bien. No puedo contar ahora lo que está pasando con la novela. Es... complicado. No puedo destapar la caja de los truenos; aún no. Eso es lo que quiero contar, joder. Sólo eso. Y no puedo. Eso es lo que quieren saber mis lectores: qué pasa con Politeísmos. ¿De qué coño quieres que escriba? No voy a reabrir la bitácora después de tres meses para hablar de las subespecies de la margarita silvestre. Además, ¿para qué? Si ahora me pusiera a escribir me iba a salir un truño, lo que he merendado o la tabla del siete.
—Qué más da. Pues escribe un truño, lo que has merendado o la tabla del siete.
Y es justo lo que estoy haciendo. He escrito un truño y lo que he merendado: me falta la tabla del siete.
...
Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno...
La ausencia ha sido muy larga. Especialmente para mí. He tenido motivos de sobra para cerrar la bitácora. No he tenido tantos para continuar vigilándola casi todos los días y aumentando los comentarios. No he desconectado de la novela ni un minuto. No me he tomado vacaciones. No os he olvidado: a ninguno. A los que seguís aquí y a los que no. Recuerdo a todos y cada uno de los lectores que he perdido, y me enrabieto. La retirada del frente sólo me ha servido para vegetar y autocompadecerme, para dejar de producir hasta lo poco que hacía: un mísero artículo de cinco páginas a la semana.
He cometido muchas estupideces en esta bitácora. La primera ha sido creerme lo que me decían. La segunda, contároslo. Todos suponíamos, antes de embarcarnos en el viaje, que publicar era difícil. Lo que no sabíamos era lo habitual que resulta que te mareen la perdiz, que te digan que sí y luego empiecen a aparecer los peros, y vayan creciendo, hasta que tienes ante tus ojos una montaña, una cordillera de peros: una conjunción encima de la otra hasta tocar el cielo. Mientras escalas, te llueve un nuevo “pero” y engrosa el macizo. No se publica sin un padrino que te lleve de una oreja ante las Reales Narices de un editor, que lance tu manuscrito sobre su mesa y que diga “este chico es puro oro”. Incluso aunque encuentres un dedo en el mundo editorial a base de la elaborada técnica de bajarte los pantalones —no diremos qué es lo que hace el “dedo” luego— tu éxito dependerá de tu contacto, sus influencias, lo que hayan desayunado en la editorial o si han echado un polvo el día anterior. Aclaro: yo no tengo dedo alguno (todos sabemos que escribo con los puños y golpeando el teclado). Sigo en el fango. Sigo esperando la respuesta definitiva. Siempre hay otro libro delante y cada vez más peros encima. No os puedo contar más. Sois mis lectores: lleváis aquí desde hace la tira de tiempo. Merecéis una explicación. Lo siento. No puedo dárosla. No de momento. Esto está abierto al público. Cualquiera puede estarme leyendo.
Cerré la bitácora porque el proceso de publicar la novela se retrasaba, y se retrasaba mucho. Cerré porque sentía que teníais que pensar que os tomaba el pelo.
No; al que me lo han tomado es a mí. Y me lo siguen tomando.
Cerré también porque empezaba a detestar mi libro. Creía que no le gustaría a nadie. Han pasado dos años; lo he leído demasiadas veces. Es fruto de otra época, de otra persona. Otra persona que también soy yo. Es cierto que a los dos minutos me parece bueno, de nuevo. Me sigue dando cosas. Pero la espera había alcanzado el límite, y la novela no salía. Eso me estaba volviendo loco.
Me repito: pongamos que tenemos a un chaval viendo una peli de sustos en la que salen zombies. La compañera del prota de la peli, una rubia tonta, se acerca a una puerta. Suena la banda sonora chirriante que nos avisa de que va a pasar algo terrible: una entidad ominosa va a aparecer y le va a arrancar la cabeza. La rubia tonta se sigue aproximando a la puerta. La música llega al cenit y se queda en un sonido expectante. Pasa un minuto. Pasan dos. Pasan tres. La rubia abre la puerta.
Tras la puerta no hay nada.
La expectación aguanta un tiempo. No más. Podemos esperar un rato a que a la rubia le arranquen la cabeza. Pero sólo un rato. Luego nos aburrimos, bostezamos y si el zombie aparece después no nos da ningún susto sino risa. Cuando llegamos a la culminación, empezamos a caer. Quiero decir con esto que no podía seguir abriendo ganas de leer la novela si la novela no estaba detrás de la puerta, porque el espectador se aburre. Una vez que pasamos el momento culminante, caemos en la incredulidad. He recibido correos de lectores que dudan de que mi novela exista. Eso me preocupa. Y MUCHÍSIMO. En realidad bastaría con leer todos los archivos para ver que es imposible que no exista algo que me sé de memoria y de lo que llevo hablando un año, pero la gente no se lee los archivos, con lo fácil que es pinchar sobre el cubo de la basura del margen derecho. Tampoco se leen los comentarios, lo que me permite hacer este post, que sólo es un fusile de las tonterías que he escrito estos meses en la bitácora, pero en la letra pequeñita. Me jode perder algunas frases que no considero del todo malas. Por eso me reciclo. Si la bitácora es mi documento 2 para las novelas, y las frases que pasan la criba pueden aparecer en mis libros, los comentarios son el documento 3. No pasa nada: Valle-Inclán también se repetía. Mucho. Creo que no ha habido libro en el que no le cazara una comparación de personajes con las imágenes de un retablo, en todas sus variantes. Yo, lo mismo.
Así que premio a mis lectores habituales obligándoles a leerme dos veces. No me extraña que los pierda.
Resumiendo: reabro la bitácora. No sé muy bien para qué. Para dejar de hacer la fotosíntesis, tal vez. Subiré un par de subnormalidades, como hago siempre después de mis ausencias, porque si pienso que para hacer la reentré tengo que escribir algo maravilloso nunca escribo nada, porque nada lo es. Luego estaré otra semana sin colgar mis trapos sucios con pinzas para que se sequen, y después subiré un artículo sudado con sangre y chorreante de bilis, currado, de ésos que de cuando en cuando me da por hacer. Y otra vez el sufrimiento, el no tener de que hablar y de nuevo —espero que no— el cierre a cal y canto.
Durante estos meses he escrito docenas, cientos de textos. Algunos posiblemente buenos. Los he escrito en mi cabeza, en las gotas de la ducha, en la arena del parque, en las baldosas del metro. No han llegado a los dedos. Estaban tan llenos de hiel que si se retorcía la pantalla, el ácido corroía el teclado y llegaba hasta la placa base entre cortocircuitos y chispas. Los he perdido. Ya nunca saldrán del limbo. No los escribí; ya no voy a hacerlo.
No quiero perder más textos.
Señores.
Estoy que me subo por las paredes POR VOSOTROS. No por mí.
Mirad, yo he escrito otras novelas. Eran mierda, vale, pero nos sirven como ejemplo. La cuestión es que las tuve paradas durante meses, durante años, y eso no me quitaba la vida. Daba igual. El texto estaba hecho. No importaba cuándo saliera a la luz (felizmente, nunca, porque eran basura de la peor).
No estoy jodido yo, por mí, por mi novela, porque me estrangule que no esté en las tiendas. No me va a suponer ningún cambio: mil euritos y a correr. No se escribe por dinero. No se escribe por fama. No se escribe por reconocimiento, ni por ego. Se escribe para alguien, para hacerle pasar un buen rato, o malo, o todo lo contrario. Para hacer sentir algo.
Lo que me destroza es tener a lectores esperando. Porque la espera es mala, malísima, crea expectativas, hace volar la imaginación, y cuando llega el modesto librito, ah, no es lo que uno pensaba, no es lo que uno quería, SÓLO-ES-UN-LIBRO, uno más, uno “de otro”, porque el que el lector se construyó mientras aguardaba en la consulta del médico es suyo, es para él, es lo que él querría encontrar: le gusta más que el que llega. El monstruo que imaginas detrás de la puerta siempre es más grande y terrible que el que tienes delante y miras con tus ojitos.
Nunca subestimar al lector. Jamás.
Y... bueno, ya me conocéis un poquito. Soy un jodido ególatra, ahí, en lo alto de mi pedestal, en mi columna de estilita, mirándolo todo desde el cielo inmisericorde y poniendo una distancia ficticia de bululú con sus títeres. Ah, yo estoy arriba. Estoy muy arriba. Qué importa lo que los demás piensen de un libro mío. El Escritor Con Mayúsculas, se supone, está siempre por encima.
Pollas.
Lo malo que tienen las columnas es que su función es sujetar algo: el ego triste y flácido de un escritor que no es más que una persona miserable, llena de miedos y de dudas, como todos y algo más, que un autor es neurótico por definición; si no, no escribiría: viviría. Lo malo que tienen los pedestales es que se está en constante equilibrio, porque te puedes caer en cualquier momento y romperte en pedazos, que no se pone en peana algo duro sino algo frágil, para mantenerlo en un sitio y destacarlo. Lo malo que tienen las torres es que siempre estás de vigilancia aguardando que se produzca el ataque.
Lo malo que tienen los faros es que se está muy solo ahí arriba.
Autor del limes; siempre en la delgada línea entre la alta literatura y el pulp. Decidió, en medio de un delirio provocado por las drogas, que iba a ser el único escritor que contara historias fantásticas haciendo uso de todos los recursos sublimes y exquisitos de la Literatura Con Mayúsculas —habría tenido mucho más éxito al contrario, narrando gafapastadas en un estilo mediocre y bestsellario—. Cuando tomó tal camino único y propio y resolvió abrirlo a dentelladas, seguramente aún no había leído a Cortázar o, si lo hizo —otorguémosle el beneficio de la duda—, consideró que el maestro no se mojaba lo bastante, que no hundía los puños en el fango de la fantasía más salchichera y cutre para bruñirla en la cochura a fuego lento de su prosa preciosista y convertirla en una porcelana chinesca. Álvaro Naira es un fracasado por elección, lo cual es todavía más triste que ser un pelagatos a secas: escribió una novela, una editorial se la aceptó pero le ofreció un contrato leonino, así que se sintió ultrajado en su delicadísimo ego y la sacó en Lulú, donde nadie la lee, ni la compra ni nada, lo cual le satisface plenamente. Actualmente se encuentra en retiro espiritual en una cueva del Tíbet, con la única compañía de un ejemplar de las Psicomagias de Jodorowsky —al que no soporta— y ortigas como desayuno, comida y cena. Fruto de tales ejercicios ascéticos, ha parido un segundo libro, entre exclamaciones de eureka y albricias. Espera fervientemente que éste tenga tanta repercusión como el anterior; para ello, ha puesto todos los medios a su alcance y ni siquiera lo ha sacado de su disco duro. Antes mostraba su desprecio por la literatura intelectual y el realismo en un hábil juego intertextual —ya que éstos son los géneros que más le satisfacen desde siempre—, y se presentaba como tocapelotas y cínico. En realidad no era más que un niñato un pelo irónico y corrosivo: téngase en cuenta que la ironía es una de las bellas artes; el cinismo una enfermedad terminal. Hoy en día, a tenor de la experiencia que ha ganado y de lo mucho que detesta a la especie humana —desprecio que, bien entendido, comienza por uno mismo— se puede considerar, sin temor a equivocarse, un auténtico cínico. O un enfermo terminal: ustedes deciden.